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Escrito por Alex Oviedo
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Jueves, 11 de Marzo de 2010 09:25 |
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El próximo 17 de marzo tendrá lugar en el Centro Cívico de Otxarkoaga (Bilbao) el recital poético de poesía vasco chilena. Para más información podéis pinchar en la imagen.

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Escrito por Alex Oviedo
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Jueves, 11 de Marzo de 2010 10:09 |
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El próximo 16 de marzo, a las 19:30 horas, en la bilbaína Biblioteca de Bidebarrieta tendrá lugar una nueva edición de 'Diálogos con la literatura'. Los escritores madrileños Raúl Guerra Garrido y Jorge Martínez Reverte hablarán sobre 'Literatura y guerra'. El encuentro será moderado por el periodista alavés Juanma Jubera.
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Escrito por Alex Oviedo
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Miércoles, 10 de Marzo de 2010 16:07 |
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En su útima novela, Viaje con Clara por Alemania (Tusquets), Fernando Aramburu ha decidido poner sobre el papel muchas de las vivencias acumuladas durante su estancia en el país. No en vano lleva viviendo en él 25 años. Eso le ha permitido mirar con otros ojos a sus habitantes, costumbres, tradiciones, formas de entender la vida. “Sabía que muchas de esas experiencias saldrían de alguna manera en un libro. Me apetecía escribir un texto que supusiera un acto de gratitud con Alemania, pero sin voluntad romántica”, apunta el escritor donostiarra.
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Escrito por Javier Aguirre Ortiz
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Miércoles, 10 de Marzo de 2010 16:04 |
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Escrito por Alex Oviedo
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Martes, 09 de Marzo de 2010 08:37 |
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El próximo 10 de marzo, a las 19:30 horas, en la bilbaína Biblioteca de Bidebarrieta, tendrá lugar la presentación del nuevo número de la revista Zurgai, dedicado a la escritora Ángela Figuera. Intervendrán en el acto el ensayista José Ramón Zabala, el escritor y maestro zen Rafael Redondo, la rapsoda Carmen Bereciartua y el director de Zurgai, Pablo González de Langarika. Además se proyectarán imágenes del ilustrador del número Koldo Etxebarria.
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Escrito por Alex Oviedo
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Martes, 09 de Marzo de 2010 09:40 |
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Cuando ganó el Nadal, Ramiro Pinilla era un escritor que comenzaba. Eran los tiempos en que muchos de los galardones literarios recompensaban la obra presentada y no estaban sometidos a grandilocuentes campañas de marketing ni requerían el nombre de un autor como reclamo para vender más libros. Las ciegas hormigas era el título de la novela que había presentado Pinilla al premio, una historia ambientada en Getxo sobre una familia pobre que aprovecha el naufragio de un barco inglés para recoger el carbón que almacenaba. Una historia verídica ocurrida a finales de la década de los veinte y que mostraba la situación socioeconómica en la que se encontraban muchas familias vascas.
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Escrito por Alex Oviedo
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Lunes, 08 de Marzo de 2010 14:42 |
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Estas son las fechas de las presentaciones de los poemarios del escritor bilbaíno César Fernández.
17 MARZO: Presentación del poemario Crisol Poético de los autores Octavio Fdez, Jose Serna, David Tijero..., en el CENTRO CIVICO OTXARKOAGA (Bilbao) – 19:30 horas.
25 MARZO- 19:30 horas presentación en la BIBLIOTECA DURANGO. Proyección del vídeo ¿Por qué y para qué poesía en estos tiempos?
18 ABRIL: GINES (SEVILLA) dentro de la semana del LIBRO y en el acto de clausura y entrega de premios. A las 12 horas.
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Escrito por Alex Oviedo
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Lunes, 08 de Marzo de 2010 10:19 |
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Leía esta mañana datos al respecto, porque parece ser que en España hay nada menos que 4.130 personas que dedican todo su tiempo laboral a defender a los trabajadores (los que llaman liberados), y que en el país se emplearon el pasado año nada menos que siete millones de horas en la defensa de la negociación colectiva y los derechos de los empleados. Que ya son horas, y no sé de dónde las sacan si el año no llega a nueve mil. Por lo que relata el diario Expansión, este tipo de trabajadores le cuesta a las empresas nada menos que 250 millones de euros. Es decir, que vienen a ganar 60.500 euros anuales brutos de media. Justo lo que llevo yo años intentando ganar. Tengo por costumbre no fiarme de estos datos, pero tampoco de estos tipos. Quizás porque al ser autónomo ninguno de ellos se ha preocupado en su vida por mis derechos. Y fíjate que he conocido muchos. Hace unos años veía con cierta frecuencia a uno de esos liberados, seguramente el más vago de su promoción. Era celador en el Hospital de Cruces, al que no acudía más que un día a la semana; se había construido un caserío en Dima y su función, según pude deducir de las veces que nos dirigió la palabra, era maquetar una de las revistas de su sindicato (las siglas del mismo dan igual) que publciaban periódicamente (es decir cada quince días). Una de sus perlas fue un viernes que llegó a la imprenta para que le imprimiéramos cinco mil ejemplares de aquel boletín. Imaginémonos la escena: el tipo llega hablando de derechos laborales, de aumentos de sueldos para los trabajadores y demás historias que en sus labios sonaban a monsergas, y nos reclamaba que tuviéramos preparada una revista de 16 páginas para el lunes. O lo que es lo mismo, que teníamos que trabajar el sábado si queríamos terminar la publicación a tiempo. Eso implicaba que al menos uno de nosotros tendría que acudir a la empresa en su tiempo libre. Así que al tipo, ni corto ni perezoso, sólo se le ocurrió soltar que tendríamos que exigirles a nuestros jefes que nos pagasen las horas extras. Y uno de ellos, de los jefes, me refiero, le preguntó por qué no nos había traído el boletín con más antelación. A lo que el liberado contestó que había tenido mucho trabajo con la huerta de su caserío. Que si los tomates, los puerros y demás… Así, con dos bien puestos. Aún tengo la suerte de verlo en alguna marcha por los derechos de los afiliados a su sindicato. Pero nunca le vi preocuparse por nuestros derechos, ni por nuestra situación económica ni por nada parecido. Y eso que se le llenaba la boca con temas sobre la libertad, el derecho a decidir, la semana de 35 horas… En fin, esos temitas. Como decía, no suelo fiarme de estos datos, sólo de lo que vivimos a diario. Pero ya que nos gustan las cifras, hay un representante sindical por cada 39 trabajadores. Que se dice pronto también. Es curioso, por tanto, que tan poca gente acudiera el otro día a las manifestaciones convocadas contra el retraso de la edad de jubilación. Pensando mal, es que ni los propios enlaces sindicales acudieron. Tema para la reflexión...
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Escrito por Alex Oviedo
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Viernes, 05 de Marzo de 2010 10:49 |
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El bilbaíno Juan Carlos Márquez ha resultado ganador del XVII Premio José Nogales de Relato Corto organizado por la Diputación Provincial de Huelva. Márquez es autor de dos libros de cuentos: Oficios, premio Tiflos de Cuento (2008), y Norteamérica profunda, ambos finalistas del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2008 y 2009, respectivamente. En los últimos años sus relatos han sido reconocidos con una docena de premios, entre ellos el Rafael González Castell (2005) y el Unión Latina, premio Juan Rulfo al escritor novel (2003).
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Escrito por Olatz Candina
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Jueves, 04 de Marzo de 2010 16:27 |
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A veces, las palabras tienen el poder de despertarnos pensamientos que permanecen dormidos en algún recodo de nuestra inconsciencia. A mí, la palabra “Estela” me ha incitado a una reflexión, breve e intima. La verdad, y si tengo que ser sincera, tampoco es que me haya resultado hasta ahora un vocablo particularmente interesante. Sin embargo, lo he escuchado en incontables ocasiones en estos últimos lúgubres días e interminables noches, y esta reiteración es la que ha encendido la chispa de mi atención.
De las varias acepciones del diccionario, todas coinciden en la idea de huella, rastro, recuerdo de algo que ha desaparecido, o que ya no es lo que era, o que sencillamente, ha cambiado de lugar en forma de hilera blanca en el mar o de señal luminosa en el firmamento. Pero hay una definición, la de “monumento conmemorativo formado por una piedra en forma de lápida, prisma, columna, etcétera, que se levanta sobre el suelo” que me ha resultado chocante, una disparidad semántica que resulta contradictoria a simple vista con las otras. El rastro se desvanece, es suave, ligero, inexorable. Por el contrario, el monumento permanece con toda su imponente presencia, anclado con su peso a la tierra, desafiando con su fortaleza al paso del tiempo.
Esta aparente paradoja representa las dos ideas que subyacen en nuestro inconsciente, como las dos caras de una misma moneda. Cuando la Muerte nos arrebata, con su despiadada guadaña, a una persona a la que amamos, nos queda únicamente la huella de su recuerdo. Su estela en forma de sonrisa, la complicidad del que ha compartido aventuras y desventuras, sus palabras... Y es entonces cuando nos damos cuenta de que custodiamos, algo tan valioso como su recuerdo, en el frágil cofre de nuestra memoria. Invadidos por el terror a la extinción de su huella nos rebelarnos, para impedir, con toda la fuerza de nuestra alma, que su estela se esfume como si jamás hubiese existido. Nos empecinamos en mantenerle perennemente vivo e inmaculado en un féretro finamente labrado, en una florida iglesia exultante de cánticos. Diseñamos ciudades ajardinadas que denominamos cementerios en las que esculpimos lápidas de mármol, bellas esculturas fúnebres, erigimos pirámides y panteones, horadamos grutas. Todo este esfuerzo en un último y vano intento de retener junto a nosotros a aquellos seres queridos que jamás volverán a besarnos, a acariciarnos, a ayudarnos o reconfortarnos.
Nos sublevamos contra Dios, retándole como lo hicimos con la manzana del Edén. Nos amotinamos frente a la autoridad de las leyes de la Naturaleza, con pócimas y extraños productos que retarden la desaparición del cuerpo. Nos alzamos, como rebeldes sin causa, sabiendo que es una batalla perdida, una guerra inútil, tratando de conservar la dignidad del perdedor, del que sabe que lo ha perdido todo. Y, en la mayoría de los casos, con el angustioso agravante de que probablemente su desaparición haya sido inmerecida, incluso injusta. Luego, tras sumirse uno en el dolor más insondable, el de la pérdida irrecuperable, viene el tormento del vacío, la aflicción inmisericorde de una certeza: la de que jamás se encontrará consuelo. Y afligidos en un total abatimiento, nuestra imaginación pinta, sobre el lienzo negro mate de la muerte, con los pinceles de la esperanza, un nuevo cuadro, el de la Otra Vida, el del Más allá, el de una existencia feliz en un mundo mágico en el que nuestro ser querido salga victorioso de la implacable Muerte, que es el Olvido.
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Escrito por Administrator
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Jueves, 04 de Marzo de 2010 15:50 |
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"Mi madre me pone la zancadilla en el pasillo, y luego huye riéndose sin parar. Mi padre está dormido sobre un lecho de periódicos. Mis hermanas tejen una tela de araña para hacerle un tapete al viento.
La casa está torcida. El jardín también. Los columpios caen hacia la derecha. Cuando papá sale a trabajar, rueda colina abajo como una zarigüeya. Mamá rueda con él hasta que le pierde de vista. "Papá, no corras", dicen mis hermanas. Yo me pongo a hacer el pino".
Enrique Mochales, La fragilidad de la porcelana (Alberdania)
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Escrito por Beatriz Celaya
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Miércoles, 03 de Marzo de 2010 16:35 |
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Gran parte de los que somos periodistas quisimos ser él: Ryszard Kapuscinski. Un hombre que viajó por distintas partes del mundo desde donde cubrió guerras, golpes de Estado, revoluciones en África, Asia y América Latina y entrevistó a los políticos y personas más influyentes del siglo XX. Nosotros desde nuestras casas no podíamos hacer otra cosa que leerle, no sólo porque lo que contaba fuera interesante sino porque su forma de contarlo te atrapaba desde la primera línea.
Ahora, que él no puede defenderse ya que en 2007 falleció, acaba de salir publicada en Polonia su biografía, escrita por Artur Domoslawski, uno de sus discípulos, donde nos presenta un Kapuscinski que nada se parece al hombre comprometido y honesto que nosotros soñábamos.
La primera frase del libro de Artur al que ha titulado Kapuscinski no-ficción es de García Márquez y dice: "Todo el mundo tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta". Y a partir de aquí, el díscolo discípulo, comienza a mancillar el nombre del escritor polaco diciendo que era un hombre “dispuesto a retorcer la verdad, inventar encuentros, escenas y testimonios con tal de dar con relatos potentes”.
Yo no sé si Kapuscinski cuando contó en su libro Ébano que durante la matanza de Idi Amin en Uganda, los peces engordaron mucho en esos meses porque se comían los cadáveres que arrojaban al lago Victoria era verdad o no o si cuando ponía frases en boca de los entrevistados éstas eran ciertas o inventadas. Yo no puedo juzgarle.
Tampoco sé si compraré la biografía del discípulo, creo que prefiero releer otro de los títulos de su maestro, cualquiera me vale: "El emperador", "El Imperio", "La guerra del fútbol" o "Viajes con Heródoto” entre otros muchos, porque soy consciente de que si no llega a ser por la forma en que escribió sus libros o sus crónicas yo no hubiese conocido y ni me hubiese interesado la mitad de las cosas que pasaban por el mundo.
Así que, en este caso, me uniré a la frase: “que te guste el paté no quiere decir que quieras conocer al pato” que, por cierto, no recuerdo quién la dijo.
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Escrito por Administrator
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Miércoles, 03 de Marzo de 2010 15:47 |
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"Escribir es encontrar lo más urgente que hay en tu interior y explicarlo, porque lo que pase después con tu obra —que ganes un Pulitzer o no te lea ni tu madre— es sólo cuestión de ego y puedes vivir perfectamente sin ello; pero sin escribir, sin crear: pintar, esculpir, cocinar: sin explicar eso tan urgente que no te deja dormir, nadie puede vivir plenamente."
El guionista Richard Price en una entrevista concedida a La Vanguardia.
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Escrito por Administrator
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Martes, 02 de Marzo de 2010 12:44 |
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El artículo procede del diario The Guardian, y nos lo ha enviado Asier Martiarena. Echadle un vistazo: no tiene despedicio.
"Conseguir un contable, abstenerse del sexo y similares, cortar, reescribir, después cortar y reescribir otra vez —si no hay otra salida, rezar. Inspirados por las 10 Reglas de la Escritura de Elmore Leonards, hemos preguntado a los autores por sus reglas personales.
Elmord Leonard: usar adverbios es un pecado mortal 1. Nunca abras un libro hablando del tiempo. Si es sólo para crear ambiente, y no la reacción del personaje al clima, mejor que no te extiendas. El lector es propenso a pasar la página para buscar a las personas. Hay excepciones. Si resulta que eres Barry Lopez, que tiene más formas que un esquimal para describir la nieve y el hielo en su libro Sueños árticos, puedes informar sobre el tiempo todo lo que quieras. 2. Evita los prólogos: pueden ser molestos, especialmente un prólogo seguido de una introducción que viene antes de un prefacio. Pero esto se suele ver en la no ficción. Un prólogo en una novela son los antecedentes, y puedes ponerlos donde quieras. Hay prólogo en Dulce jueves de John Steinbeck, pero está bien, porque un personaje del libro plantea a qué se refieren mis reglas. Dice: «Me gusta mucho que hablen en los libros y no me gusta que alguien me diga qué aspecto tiene el que habla. Quiero imaginarme su aspecto a partir de su forma de hablar». 3. Nunca uses otro verbo aparte de «dijo» para seguir los diálogos. La frase del diálogo pertenece al personaje; el verbo es el escritor metiendo sus narices. Pero «dijo» es mucho menos invasivo que «refunfuñó», «exclamó», «advirtió» y «mintió». Una vez vi que Mary McCarthy terminaba una frase de un diálogo con «aseveró ella» [(asseverate, cultismo en inglés)] y tuve que dejar de leer e ir al diccionario. 4. Nunca uses un adverbio para cambiar el verbo «dijo»... amonestó seriamente. Usar un adverbio de esta manera (o casi de cualquiera) es un pecado mortal. El escritor se expone a sí mismo en serio, usando una palabra que distrae y puede interrumpir el ritmo del intercambio. Hay un personaje en uno de mis libros que dice cómo solía escribir historias románticas «llenas de violaciones y adverbios». 5. Mantén tus signos de exclamación bajo control. No debes permitirte más de dos o tres por 100.000 palabras. Si tienes un don para jugar con las exclamaciones como lo hace Tom Wolfe, puedes usarlos a puñados. 6. Nunca uses las palabras «de repente» o «se armó la de Dios es Cristo». Esta regla no requiere explicación. He notado que los escritores que usan «de repente» tienden a ejercer menor control al aplicar los signos de exclamación. 7. Usa los dialectos regionales, o los patois, con moderación. Una vez que empiezas a escribir las palabras en los diálogos fonéticamente y a cargar la página con apóstrofes, no podrás parar. Fíjate en cómo Annie Proulx capta el acento de Wyoming en su libro de relatos cortos Brokeback Mountain. 8. Evita las descripciones detalladas de los personajes, que Steinbeck ocultaba. En Colinas como elefantes blancos, de Ernest Hemingway, ¿qué aspecto tenían «el americano y la chica que iba con él»? «Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa». Esa es la única referencia de descripción física en la historia. 9. No entres en grandes detalles al describir lugares y cosas, a menos que seas Margaret Atwood y puedas pintar escenarios con el lenguaje. No te interesan descripciones que lleven la acción, el flujo de la historia, a la parálisis. 10. Intenta descartar la parte que los lectores tienden a saltarse. Piensa en aquello que te saltas cuando lees una novela: largos párrafos en los que se ven demasiadas palabras.
Mi regla más importante es una que resume las diez: si suena como escritura, lo reescribo. Las diez reglas de la escritura de Elmore Leonard se publica el mes que viene por Weidenfeld & Nicolson.
Diana Athill 1. Léelo en alto para ti porque es la única manera de asegurar que los ritmos de las frases son correctos (los ritmos de la prosa son demasiado complejos y sutiles de elaborar, y sólo se pueden hacer bien de oído).
2. Corta (quizá debiera decir CORTA): sólo se logra que todas las palabras importantes cuenten no teniendo ninguna palabra que no sea esencial. 3. No siempre tienes que llegar al extremo de matar tus encantos —esos giros o frases o imágenes que te hicieron sentir un orgullo extra cuando aparecieron en el papel—, sino que puedes volver y mirarlos con mucho cuidado. Casi siempre resulta que están mejor muertos. (No toda mínima punzada de satisfacción es sospechosa —son las que se llegan a una suerte de regocijo petulante las que debes vigilar).
Margaret Atwood 1. Lleva un lápiz para escribir en los aviones. Los bolígrafos se destintan. Pero si se rompe el lápiz, no puedes afilarlo en el avión, porque no puedes llevar navajas. Por tanto: coge dos lápices. 2. Si los dos lápices se rompen, siempre puedes apañar un afilado con una lima de uñas de metal o cristal. 3. Lleva algo donde escribir. El papel está bien. En un aprieto, servirá alguna pieza de madera o tu brazo. 4. Si usas ordenador, asegura siempre el nuevo texto en un pendrive. 5. Haz ejercicios de espalda. El dolor distrae. 6. Mantén la atención del lector. (Probablemente funcionará mejor si puedes mantener la tuya propia). Pero no sabes quién es el lector, así que es como pescar con tirachinas en la oscuridad. Lo que fascina a A aburre completamente a B. 7. Con toda probabilidad necesitarás un tesauro, un libro básico de gramática y un pie en la tierra. Esto último significa: no hay comidas gratis. Escribir es un trabajo. Y también es un juego. No te dan un plan de pensiones. Otra gente puede ayudarte un poco, pero estás esencialmente solo. Nadie te obliga a hacer esto: lo eliges tú, así que no te quejes. 8. Nunca puedes leer tu propio libro con la inocente expectación que conlleva la deliciosa primera página de un nuevo libro, porque lo has escrito tú. Has estado en los bastidores. Has visto cómo los conejos se han metido de tapadillo en el sombrero. Por tanto pedir a un amigo lector o dos que le echen un vistazo antes de dárselo a cualquiera del negocio editorial. Este amigo no debería ser alguien con quien tengas una relación amorosa, a menos que quieras romper. 9. No te sientes en mitad de los bosques. Si te pierdes o bloqueas en la trama, vuelve sobre tus pasos hasta donde te equivocaste. Entonces coge el otro camino. Y/o cambia la persona. Cambia el tiempo. Cambia la página de apertura. 10. Rezar puede ayudar. O leer algo más. O una constante visualización del santo grial, que es la versión acabada y publicada de tu resplandeciente libro.
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