Julio 23, 2008

Llevo unos cuantos días que no sé qué hacer con el correo electrónico. Porque claro, uno que aún confía en las nuevas tecnologías, piensa que si envía un mensaje llegará a su destinatario sin problemas (de igual forma que imagina que una postal desde Colombia estará en Euskadi al cabo de al menos una semana o que una revista llegará al buzón sin que se quede por el camino). Es la confianza que el ciudadano medio pone en los servicios públicos. Pero a quién le protestamos si nos dicen que llevan toda la semana enviandonos mensajes electrónicos y no nos llegan.
Uno que es perro viejo se pone en contacto con el servicio técnico de la empresa para que le solucionen el problema. Pero los perros viejos deberían saber también que es fácil que los apaleen. Los técnicos me saltan con una historia sobre el servidor, el cortafuegos que han creado allá por Londres (donde debe residir ese servidor en una lujosa mansión en el centro, digo yo) y con una milonga argentina por la que al parecer ciertos mensajes no llegan a su destino para evitar que sean spams. Lo curioso no es esto, sino que spams sí me siguen entrando como si hubiera dejado abierta la puerta de casa.
Y es entonces cuando mi rostro se convierte en un gran interrogante. “¿Dónde han ido a parar esos mensajes?”, pregunto. “Puede que los recibas en unos días”, me contestan. “O quizá nunca”, añaden. Y me digo que tal vez hayan sido absorbidos por un enorme agujero negro. Porque esos mensajes están en algún sitio del ciberespacio, un cementerio de los mensajes perdidos, una laguna Estigia que sólo pueden cruzar los elegidos. O una puerta con una contraseña secreta que de pronto todos los mensajes de un servidor determinado han olvidado.
No sé, tal vez los mensajes también tengan color, raza o religión, y hoy se les permita la entrada y mañana no. O se hayan puesto unas babuchas lilas que no gustan al ojo electrónico que controla todo esto. Ese Gran Hermano que decide lo que debe o no ser leído. Pero lo que nadie me acierta a decir es cómo recuperarlos. Y eso es, en el fondo, lo que yo quiero saber.
Julio 22, 2008
Me envían por correo electrónico la información de un estudio realizado por la Universidad del País Vasco que analiza las sustancias “que las plantas activan para protegerse, con el fin de elegir las especies que mejor se adecuen al entorno a la hora de reforestar bajo condiciones ambientales adversas”. Y es que, al parecer, las plantas, como los seres humanos, también tienen estrés por cuestiones tan habituales como la falta de agua, el calor, el frío o el exceso de luz. Por no hablar de la contaminación, que debe de ser algo así como el Dom Perignon del estrés, porque el hombre, cómo no, el uno de los máximos generadores de esta situación.
También las plantas actúan conforme al estrés, hasta el punto de intentar adaptarse a él. Hay especies que no lo consiguen y se van deteriorando hasta morir. Otras, en cambio, se sumergen en procesos de aclimatación y acaban adecuando al nuevo estado de ánimo, activando compuestos químicos que les sirven para protegerse. De ahí que el grupo de investigadores se haya fijado precisamente en estas plantas y en sus mecanismos de defensa.
Uno de los casos singulares es el del boj, capaz de sobrevivir en entornos secos, soleados, húmedos o sombreados, y que cuando se estresa tiñe sus hojas de rojo, mientras que vuelve a su color verde cuando las condiciones ambientales se normalizan.
Y uno, como el boj, resiste, se pone colorado cuando ya no aguanta más, berrea, salta en tirolina con doble tirabuzón y mortal carpado hasta que vuelve a su estado anterior (y por lo que veo no precisamente de vegetal). En esas ocasiones suelo recurrir a Mafalda y a su frase “lo peor de mí mismo son los demás”. Pero a estas alturas del verano uno también forma parte de esos demás.
“Los toneles vacíos y los tontos son los que más ruido hacen”.
Plutarco
Julio 21, 2008
Está visto que la propuesta que os hacíamos hace diez días no prosperó y sólo Jöel se acercó a la obra que indicábamos. Se trataba de Ramiro Pinilla, eso sí, pero la obra era La gran guerra de Doña Toda, “editada por él mismo en Ediciones Libropueblo en el maravilloso año del señor de 1978″ (un apunte este último que me han tenido que chivar, lo admito, pero no vamos a decir el pecador que luego todo se sabe).
Veamos si hay más suerte con este comienzo:
“Todos nacemos con un indeleble número secreto en la frente que marca nuestra fecha de caducidad. Un número sólo conocido por el azar o la genética y que en el instante del parto comienza su inexorable cuenta atrás.
Ésta es la historia de un hombre al que la ambición, el sexo, el desarraigo, la estupidez, la orfandad, el despilfarro, la obsesión, la derrota, la rapiña, la brutalidad, la decadencia, la ingratitud y la desesperación le llevaron a la ilusoria decisión de parar voluntariamente su cuenta atrás. Acertó o descubrió que su número era el cuarenta y siete y abandonó el combate por inferioridad”.
Julio 20, 2008
Me decía una buena amiga hace unos días que no le gustaba usar el móvil cuando estaba en pleno proceso de creación porque una llamada podía romper el momento y suponía que los demás estarían al igual que ella creando. El móvil se convertía así en un elemento de ruptura, como cuando estás viendo una película en el cine y comienza a sonarle al del asiento de delante la Obertura de Guillermo Tell mientras Woody Allen explica su afición a los juegos de magia con cartas en Scoop. En el último caso de Bourne, un joven de poco más de veinte años se pasó prácticamente toda la película hablando por el móvil. No sólo llegó tarde al cine y nos obligó a toda una fila a levantarnos de nuestros asientos sino que después se dedicó a contarle el argumento a su compañera de teléfono. Sin que le importase un pimiento las recriminaciones de los vecinos de butaca.
Recordaba el comentario de mi amiga cuando esta mañana leía un artículo de Javier Marías sobre el tema. El escritor debe de ser de las pocas personas que no tienen ni móvil ni ordenador, y está orgulloso de ello. Y como decía en El País Semanal no está dispuesto “a que cualquier majadero me interrumpa mis actividades, mis pensamientos o mis musarañas, esté donde esté. No deseo ‘estar conectado’, ni enterarme de todo enseguida. Nada me resultaría más atroz que estar localizable siempre“. Una cuestión al que el resto de los mortales parece que nos hemos acostumbrado. De ahí que luego, en otro artículo de El Semanal, leyera que la juventud de hoy no puede vivir sin el móvil, incluso se ha llegado a diagnosticar una enfermedad de dependencia, un tipo de droga como el tabaco o la coca en los jóvenes que necesitan pasarse horas conectados con sus colegas a través de SMS o de una llamada.
Parece como si necesitásemos estar siempre accesibles a los demás, pendientes de si nos llaman o de si quieren contarnos algo, aunque luego se nos olvide el motivo de la llamada porque ni siquiera era verdaderamente importante. Por no mencionar la de veces que una teleoperadora sureña nos recuerda que hemos sido agraciados aleatoriamente con la oportunidad de responder a sus preguntas. Da igual que esté uno en una reunión o intentando dilucidar si asesina al protagonista de su última novela o le permite escapar del embrollo literario en el que se ha metido. Y claro, suena Tubular Bells en el móvil y del susto uno acaba rebanándole el pescuezo al héroe. Sin querer, pero la sangría ya está hecha. Tal vez por eso uno, que es dado a los escondrijos, tenga sus propios lugares de retiro, a los que sólo los elegidos pueden acercarse. Ellos ya saben quiénes son (los lugares y los elegidos). Con el móvil en silencio. Y con una conversación de las de verdad, para recordarnos que sólo el cara a cara permite descubrir gestos, sonrisas, muecas que de otra manera hubieran pasado desapercibidas.
Julio 19, 2008
Resulta que navegando por antiguas entradas de otros blogs amigos uno se da cuenta de que nuestro hombre infiltrado en territorio enemigo nos había concedido dos reconocimientos de ésos que a uno le ponen los pelos como escarpias, incluso aunque no haya dinero detrás sino sólo una palmadita en la espalda para que mejoremos cada día.

Y ahora el señor Lobo, me honra con otro de esos galardones y con su amistad, y nos condece al blog un nada menos que premio al esfuerzo personal. Es lo que tiene codearse con buenos amigos, que no hacen más que ponerte por las nubes aunque sólo sea con humildes reconocimientos.

Y en esta cadena de favores, como dice él, y en la que tomo el testigo, me toca a mí entregar el granito de arena, según unas reglas:
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Se ha de escribir un post mostrando el premio y se ha de citar el nombre del blog o web que lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web.
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Elegir varios blogs (siete, pero pueden ser más o menos) que se crean destacables por su temática o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos.
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Opcionalmente, se puede exhibir el Premio con orgullo en el blog, enlazándolo con el post que se escribe.
Ahí van por tanto mis aportaciones, sólo dos para evitar repeticiones:
Cultura con jota: Un blog aún en sus inicios pero que semanalmente construye Jöel López con pinceladas de buena cultura, curiosidades varias y ganas de mostrar lo que a uno le despierta el alma. Y conociéndole, seguro que nos brinda buenos momentos de cine francés —sabe que me meto con sus gustos pero también que comparto con él muchos de ellos— y fotografía.
Malos tiempos para la lírica: Porque cada vez que entro me sorprende la cantidad de visiones del mundo que puede tener este blog, al que no dejo de engancharme como si se tratase de una adicción.
Hay más, y ellos lo saben porque se enlazan directamente desde “escritoresvascos”. En cualquier caso, es un placer pertenecer a este gremio de blogueros.
Julio 18, 2008
Si uno fuese dado a este tipo de intrigas, a escribirlas al menos, la noticia habría puesto a funcionar una de las dos neuronas que languidecen en mi cerebro. Y es que al parecer, una historiadora que investigaba sobre uno de los grandes maestros canteros del siglo XVI ha encontrado en el convento de Bidaurreta, en Oñate, el plano más antiguo que se conserva de la catedral de Sevilla. Nada menos que de mediados del XV. A día de hoy no debe de estar muy clara la razón por la que dicho plano a escala se encontraba tan lejos de su ciudad de origen. Pero es que hay otra serie de cuestiones. Por un lado, se desconoce quién es el autor del mismo (un pliego completo de 46 por 55 centímetros en las que están las 20 capillas y las cinco naves de la catedral). Por otro, dicen que puede tratarse del plano más antiguo de estas características encontrado en el país. Y para acabar, no se sabe quién pudo llevarlo hasta Bidaurreta. O por qué no se había hallado hasta ahora. Y claro, le veo a Ken Follet acercándose a Oñate y luego a Sevilla para dar forma a la tercera parte de Los pilares de la tierra. Podría titularse El misterio de la capilla embrujada, intertextualizando un título de Eduardo Mendoza. Incluso propongo que los investigadores busquen si en dicho plano no existe además escrita con zumo de limón o sangre de mandrágora tibetana alguna frase que les conduzca, a través de un complicado jeroglífico, al punto exacto en el que el Cid juró que nunca volvería a pasar hambre. En fin, que creo que estoy mezclado historias…
Julio 17, 2008
Alberto Vázquez-Figueroa llevaba años sin salir de promoción, acostumbrado a sorprender a propios y extraños con sus novelas e incluso dejando que los lectores las descargasen de su página web. Con su última obra, Coltan (RBA), no sólo ha mantenido esa premisa de que quien quiera puede bajarse gratuitamente la obra sino que además ha decidido mostrar algunos de los secretos de su éxito. Aunque él mismo dice que no tiene trucos, sólo el placer que le supone dedicarse a escribir, y esa curiosidad periodística que le lleva a preguntarse muchas cosas.

Así fue cuando descubrió que existe un mineral fundamental, el coltan, ochenta y tantas veces más conductor de la electricidad que el cobre, mucho más resistente al calor; un mineral básico para la miniaturización de grabadoras, televisores y ordenadores de pantalla plana, o para la construcción de armas teledirigidas. “Todas las guerras que están ocurriendo últimamente en África están motivadas por el control de este mineral. Hasta ahora estaba en manos de kazacos, rusos, chinos, algún americano, belga. Pero ahora los americanos están queriendo quedarse con el control de la explotación. Quien controle el coltan, controlará las comunicaciones”. (más…)
Julio 16, 2008

Como la de las bailarinas del Bolshoi Ballet Theatre, que representan el Lago de los Cisnes, de Peter Tchaikovsky.
La escritora Toti Martínez de Lezea presentó esta mañana Nur y el gnomo irlandés (Erein), obra inspirada en su “propio mundo” y en su nieta. Con la aparición de un ratón que se les coló en en su caserío de Larrabetzu, la autora se dio cuenta de que “donde los mayores vemos ratones los niños pueden ver duendes”. De ahí nació esta novela, que ha sido editada tanto en euskera como en castellano, y escrita con un estilo directo y con verbos en presente para facilitar la lectura de aquellos niños que comienzan a leer solos
Nur y el gnomo irlandés no es un cuento con “moralina”, señaló su autora, sino una novela infantil en la que ocurren cosas sencillas como las que les pasan a los chavales, y está pensada como inicio de una colección, de tal modo que las historias crecerán al mismo tiempo que su nieta.
La obra ha sido ilustrada por Juan Luis Landa, colaborador habitual en los libros de la escritora alavesa