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Lo esperaban alguno de los socios, un encuentro para acabar el curso. Sabían que dos de los fundadores (nada menos que Ernesto Unzalu y Andoni Rubio de Lancelot) estaban aún de vacaciones —su trabajo, ya se sabe, implica un estrés digno de los grandes ejecutivos, y era necesario proseguir el descanso veraniego, el primero en el Cabo de Gata, el segundo en la costa asturiana—. Pero el resto necesitaban un nuevo Carola. Quizás porque una de las facciones del club (los llamados “francotiradores”) ya se habían reunido en una ocasión y alardeaban de ello. Así que Santi Flowers soltó la liebre y Pilares cogió el testigo. Al tiempo, Erika Doval palmoteó emocionada. “Pensaba que no volveríamos a reunirnos”, apuntó con una mueca que evidenciaba que había dejado de ser reacia a lo que ella había definido como un “club de cuarentones en busca de ligoteo fácil”. Eso o algo por el estilo. Aarón Giménez de Basterra se apuntó al carro, como no podía ser menos en un hombre habituado a los grandes acontecimientos. “Llevaré maní”, dijo como si entonara una canción de Antonio Machín. Lo prometido es deuda, así que se presentó en el Carola con un maletín repleto de frutos secos y gominolas. Todo sea por endulzar el momento. Aunque la sorpresa la tenía Flowers y Ainhoa Ellacuría: tres tortillas preparadas según la receta tradicional de tres grandes cocineros vascos: Subijana, Arzak y Aduriz. Nivelón, sin duda. El Club lo merece. El estómago también. “¡Un Carola gatronómico!”, exclamó risueño Josemi Rocco al tiempo que pedía la primera ronda de birras. Su mujer, Linda Cartier, aún permanecía en la costa griega, por lo que en su rostro comenzaba a brotar una incipiente barba. Rocco era el único que venía con los deberes hechos, tal como había pedido Pilares en la convocatoria virtual: varios temas que dieran algo de seriedad a un club que había acabado bailando en la última reunión a ritmo de bulería. Y claro, ante semejante bajón cultural los medios informativos habían comenzado a especular (no en vano alguno de los miembros forman parte de esa profesión que llaman periodismo; y en este gremio todo se sabe). ¿Estaría el Carola’s Club cayendo en lo más bajo? ¿Dónde estaban aquellos incios de cine francés, tertulia al estilo 'La Clave' y paseos en bici a la luz de la luna? Por eso Rocco había puesto sobre la mesa algunas cuestiones dignas de los mejores encuentros. Todo sea por elevar el nivel: política venezolana, Sabrina o la delantera musical de los ochenta, la ciudad como garante de las libertades individuales. En fin, cosas de ésas que se iban alternando para demostrar, una vez más, que en el Carola`s todo argumento es bien recibido. Giménez de Basterra apoyó la moción y desplegó entre deconstrucciones de tortilla un álbum fotográfico sobre París: postales de la ciudad del amor, de la poesía, de Víctor Hugo, de Rimbaud ("aunque no eran de París", puntualizó Erika), con un Chabrol en pleno rodaje o imágenes de algunos de los rincones en los que se han fraguado muchos de los momentos más trascendentales de la literatura. Aunque, por momentos, parecía que sus aportaciones a la tertulia se dirigían únicamente a Erika que, a su lado, apostaba por organizar un dúo de clowns: “Pasen y vean, la mujer barbuda, el hombre que llora, chribiquis a real, ganchos para la ropa”, entonaba juntando los labios y falseando la voz. Visto el nivel, la nueva incorporación del Club, Calixta Veracruz, decidió adoptar el papel de uno de sus personajes y convertirse en bucanero. Saltando sobre la mesa, apoderándose de uno de los trozos de tortilla con un palillo de madera a modo de sable, recordando algunos de las rutas que ha surcado con su nave del misterio. Sonaba música de Mohamed Alrrasin, el famoso Rosendo del Eufrates, sones asiáticos propios para una danza del vientre. O una danza del sable. Aunque para entonces ninguno de los miembros del club tenía ya el cuerpo para bailoteos.
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