|
O Las cosas que llevaban los hombres que lucharon. Tim O’Brien. Anagrama.
Leo: “Cuando tenía nueve años, mi hija Kathleen me preguntó si alguna vez había matado a alguien. Sabía lo de la guerra; sabía que yo había sido soldado. ‘Escribes historias de guerra –dijo–, así que supongo que debes haber matado a alguien’. Fue un momento difícil, pero hice lo que parecía adecuado, que era decir: Por supuesto que no”. El día que se lo preguntamos a mi abuelo, nos respondió más o menos lo mismo, solo que sonó como un ‘Espero que no’. No recuerdo las palabras exactas y esas son cosas que se preguntan una sola vez, pero sonó a eso. No sonó solo a consuelo de niñas pequeñas, sino a consuelo de sí mismo. Debía de tener cerca de 70 años y hacía casi 55 que había ido a pegar tiros al frente del norte, a saber con qué, cómo, el porqué está claro para mí. Había dejado a la madre, los abuelos y cuatro hermanos menores en casa, iba con su padre y su hermano mayor, que aún vive pero nunca encuentro cuando me paso por el pueblo. Voy y me digo: hoy le pregunto, hoy hablamos, y a pesar de que mi madre dice que siempre anda en el mismo sitio, no lo veo nunca, así que no hablamos. Mi abuela no responde, pero no son cosas de la edad, ella nunca ha querido hablar del tema y lo único que dice es lo obvio: fuimos y volvimos (a Francia, pasando por Barcelona, a patita), o directamente no me acuerdo, qué más da. A lo mejor son señales de que algo se interpone entre esa historia y yo. Puede que sea yo misma. Como cuando intenté grabar a mi abuelo contando sus historias de la guerra y el aparato se negó a hacer su trabajo. Como cuando he empezado este texto, que surge cuando leo esas frases y me veo con mi abuelo. Al poner las últimas comillas, el ordenador se ha apagado. Al encenderlo y abrir de nuevo el documento, no había nada en él. Vuelvo a empezar y me prometo ir a buscar al hermano mayor de mi abuelo… La semana que viene. Tal vez.
|