Un contador de Historia
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Entrevistas - General
Escrito por Elena Sierra   
Viernes, 01 de Julio de 2011 14:05

Dominique LapierraEl día de la entrevista se hace pública la muerte de otro gran contador de la Historia, el escritor Jorge Semprún, ocurrida la noche antes. Así que hay que preguntarle a Dominique Lapierre (La Rochelle, Francia, 30 de julio de 1931) si quiere decir algunas palabras al respecto. “Creo que era no solo un gran hombre, sino un gran escritor. Un testigo de una época bárbara, la de los campos de concentración, de la que ya van quedando pocos y por eso sus libros son tan importantes”. Porque son memoria. Que es lo que Lapierre, tanto cuando trabajaba con Larry Collins o con su sobrino Javier Moro como cuando lo hacía en solitario, ha buscado siempre. “Quiero escuchar a los actores de la Historia. Quienes han vivido momentos épicos, que a veces son conocidos por todo el mundo y otras veces no tanto”, describe.

La escucha es el truco de cualquier buena narración. “No hay más secreto: un gran libro es el resultado de una gran investigación, no hay más. Lo difícil, cuando han oído tantas cosas, es escribir solo un buen libro y no cinco o seis. Hay tantas historias que contar…”, asegura. Como las del nacimiento del Estado de Israel y las sucesivas guerras entre árabes y judíos (‘Oh, Jerusalén’), las de la liberación de París en la Segunda Guerra Mundial (‘Arde, París’), las de la independencia de la India (‘Esta noche, la libertad’), la negra España del Franquismo (‘O llevarás luto por mí’, un libro que surge de su curiosidad por un país que las tardes de toros se quedaba completamente paralizado, y en el que vivía su hermana, casada con un español)…

Y tantas otras. La editorial Planeta comenzó hace un año a reeditar todas sus obras, las compartidas con sus amigos y colaboradores (“compartir nos hace más fuertes”) y las que firma en solitario. Entre ellas, la mítica ‘La ciudad de la alegría’, una novela con mucho trasfondo real que nace al conocer la vida en el subcontinente indio. Su lazo de unión con el país se ha visto en otros volúmenes, y sobre todo en la fundación con la que intenta paliar la pobreza extrema que allí campa a sus anchas. “La mitad de lo que gano con los derechos de autor está destinada a eso”, recuerda siempre que puede.

‘La ciudad de la alegría’ le llevó al buzón “250.000 cartas de lectores, se vendieron 10 millones de ejemplares y se hizo una superproducción de Hollywood. Pero lo más importante: cambió la vida de muchísima gente aquí y allí”, dice este hombre que quiere ser conocido como “escritor y filántropo” y que ha aprendido de sus historias tanto como el que más. “Estar en un barrio de chabolas de Calcuta te enseña el mensaje que sabemos todos y no vemos: el valor increíble del ser humano, la capacidad de sobrevivir”.

Lo ha visto también mientras investigaba el apartheid sudafricano o el terrorismo internacional. Ahora le está metiendo el gusanillo “la transformación del mundo árabe”. Aunque no suelta prenda sobre cuál será su próxima historia, “que traeré a Bilbao en dos años, si me invitáis”, será uno de esos que puede interesar “igual a un arquitecto de Moscú que a un piloto mexicano que aun conductor de tren en Tokio”. Algo internacional y contemporáneo. Esta última condición es fundamental. “Quiero testimonios vivos. Hay mucha gente que cree que no tiene nada que contar, o que no recuerda bien; otros se acuerdan de todo lo que hicieron y hasta de qué corbata llevaban un día en concreto”, explica Lapierre. “Todos aportan algo, con solo fijarte en cómo visten o cómo miran, ya tienes parte de una historia”.

Las palabras de quienes se han entrevistado con él para cualquiera de sus libros están bien guardadas en su archivo personal, junto con todo tipo de documentos. Es una biblioteca en bruto, muy diferente a la que publica Planeta, que contiene la memoria de quienes han vivido, sufrido, disfrutado, llorado, reído, sobrevivido al siglo XX. Un material de un valor increíble que ha hecho posible que este escritor que no cree “en las malas historias, sino en los malos reporteros”, transmita a sus lectores lo que ha oído “para que lo vivan, para que tengan frío si el testigo lo tiene y miedo cuando el actor está asustado”.

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