| La historia japonesa de un alma viajera |
| Entrevistas - General | ||||||||
| Escrito por Alex Oviedo | ||||||||
| Miércoles, 21 de Diciembre de 2011 16:13 | ||||||||
|
La trayectoria narrativa de Andrés Pascual está tocada por la varita del éxito. Su primera novela, El guardián de la flor de loto, alcanzó ventas de seis cifras, se ha traducido a varias lenguas y una productora americana ha comprado los derechos para llevarla al cine; la segunda, El compositor de tormentas, quedó finalista del Premio Torrevieja de Novela —Pascual sonríe al recordar que tuvo el honor de ser el último finalista de un premio que la crisis ha hecho desaparecer—; y la tercera, El haiku de las palabras perdidas, tiene todos los boletos para convertise en un nuevo número uno. ¿Las claves? El gusto por lo exótico, por los viajes, por los misterios. Historias que tocan el corazón y que en este caso le han llevado al país del sol naciente. “Me fascinaban su cultura y sus tradiciones, así que me fui a visitar Japón en el verano del 2009 buscando una historia que contar. La encontré en el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki. Pensé que la historia de los supervivientes, más allá de la de los fallecidos, merecía ser contada. En primer lugar porque Nagasaki había sido la gran olvidada, y porque no sabíamos nada de la admirable respuesta del pueblo japonés ante un desastre semejante”. Una respuesta que se volvió a poner de manifiesto con el terremoto y la crisis de Fukushima, hechos que pillaron al escritor en plena creación literaria. “Llevaba un año y medio escribiendo esta historia de amor sobre Japón y la energía atómica cuando de repente me enteré de la noticia. Incluso pensé en echar marcha atrás porque no quería aprovecharme de la tragedia. Pero me volvió a atrapar el espíritu de superación y de hermandad del pueblo japonés, esa capacidad de respuesta y de unión que muestran en los peores momentos”.
Uno de los elementos más complicados de la novela fue documentarse para que todos los datos que se manejan en ella fuesen correctos. “Incluso las distancias que había entre un lugar y otro de Nagasaki. Una labor muy dura pero apasionante porque recreaba la propia realidad de lo ocurrido”. Documentación que le permitió entender que existe una especie de pacto de silecio establecido desde el final de la guerra: “los japoneses no se enorgullecen de lo ocurrido y a los americanos no les interesa hablar de ello porque fue una aberración”. El segundo consistió en entender cómo piensan y cómo sienten los japoneses, “porque expresan de diferente manera las emociones, por eso nos parecen fríos”. Para ello contó con la ayuda de dos mujeres con las que ha seguido manteniendo el contacto después de su viaje, “pero también con gente relacionada con la asociación de víctimas de la bomba atómica e incluso con occidentales afincados en Japón que me han aportado la visión occidental del universo del sol naciente”. Porque Andrés Pascual ha querido jugar con la fusión de culturas “ya que son dos historias de amor entrecruzadas entre el personaje masculino occidental y el femenino japonés”. Un cruce de culturas y sentimientos que volverá a atrapar al lector. Entrevista aparecida en el suplemento Pérgola del periódico Bilbao.
Powered by !JoomlaComment 3.26
3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved."
|

Algo que deberíamos aprender en Occidente, señala el escritor riojano, al hablar de los japoneses. “Actúan como una piña porque se sienten hermanados en conciencia con el resto de seres y son conscientes de que tienen que hacer lo correcto en cada momento sin dejarse lastrar por las servidumbres del pasado ni proyectarse en falsos futuros que quizás no lleguen nunca. Eso me fascina, porque te sientes liberado de cargas. Toda la esencia del zen está ligada a esa capacidad de superación, porque al final todo es uno. Son capaces de actuar un minuto después de la bomba atómica o del terremoto sin lamentaciones sino simplemente aprendiendo de lo ocurrido y decidiendo hacer lo correcto en ese instante. La concepción japonesa del tiempo como un río en el que vagamos en comunión con el resto de seres, sin pasado ni futuro, sino simplemente disfrutando del ahora me encanta porque no la ven desde la perpectiva del carpen diem, del vive la vida, sino con la idea de que como ser humano libre que eres tienes la oportunidad de actuar de forma correcta”.
