|
Revista -
Colaboraciones
|
|
Escrito por Beatriz Celaya
|
|
Miércoles, 26 de Noviembre de 2008 05:42 |
|
El otro día, subiendo en el ascensor de mi casa, abrí uno de los sobres de propaganda de mi banco y leí: “Pida ya su cuenta oportunidad”. En ella ofrecían retirar todo tipo de cuotas por mantenimiento de cuenta, tarjetas, transferencias, etc., así que, ilusionada, guardé el folleto y pensé: “¡Por fin, con la crisis nos quitan las comisiones!”, y con esta quimera, al día siguiente me presenté en mi banco; me acerqué a la mesa de mi agente (agenta, en este caso) y enseñándole el tríptico publicitario le dije: “Yo quiero esto”. Ella me miró seria, se conectó a mi cuenta, estuvo un rato mirando al ordenador, como abducida, y me dijo: “No podemos dárselo porque usted no tiene nómina”. “Ya —le contesto—, pero me conocéis desde hace 15 años —añado, dándome empaque— y sabéis que, entre un cobro y otro, durante el año acabo teniendo una cuenta nada desdeñable”. “Sí —me contesta—, pero no tiene nómina”. “Bueno —le digo yo—, pues entonces me voy a otro banco”. “Pues usted sabrá” —me contesta ella fríamente—, y yo me doy cuenta de que 15 años de fidelidad no son nada, que ni siquiera sirven para que te tuteen. Así que salgo de allí con el tríptico publicitario arrugado en un bolsillo y mi autoestima un poco dañada, y comienzo mi periplo por los bancos de la zona: entro en el primero, y otra agenta me vuelve a soltar lo de “sí, muy bien, pero usted no tiene nómina”, y me voy sintiéndome muy pequeña hasta el siguiente banco, el de la esquina, donde una tercera agenta me hace entender que no necesitan de mi dinero si no tengo nómina. Para cuando entro en el último banco de mi zona, mi tamaño, debido a la falta de autoestima, es ya el de un gnomo: ni con sombrero de pico incluido alcanzo los 15 centímetros. Me encaramo como puedo a la silla y le cuento en un susurro mi situación financiera al agente (esta vez es un chico), y como respuesta recibo una sonrisa y las alentadoras palabras de “un momento, por favor, señorita”. Veo entonces cómo el agente se acerca al despacho del director, y mientras está allí dentro miro hacia la puerta de entrada con la intención de salir huyendo por si me arrestan por no tener nómina, pero cuando me dispongo a hacerlo, veo al director plantado frente a mí con otra sonrisa, tendiéndome la mano para saludarme y dándome la bienvenida a su banco. Se la doy confusa, y al instante me veo firmando papeles de una cuenta sin comisiones de mantenimiento, ni por transferencias, y no puedo creerlo. Mientras firmo, a mi lado, veo un tríptico publicitario que ofrece una batidora y un reloj si abres una cuenta estrella con ellos, pero a estas alturas ya no me atrevo a decir nada. ¿Para qué quiero yo una batidora y un reloj? Me autoconvenzo.
|