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Revista -
Colaboraciones
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Escrito por Elena Sierra
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Sábado, 26 de Julio de 2008 15:58 |
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Leer el periódico es a veces un acto de fe. Hay algo de sobrenatural, de imposible pero anda, venga, de deber seguir creyendo —en la gente, me refiero— cuando se leen cosas como las que contaba el otro día la contraportada de uno de estos diarios de noticias. Era sólo la contraportada, que se supone que debe ser ligerilla. La vida de Elly Chatfield es de todo menos eso. Un día un montón de gente entró en su casa y se la llevó a ella y a sus cinco hermanos. Elly era un bebé de poco más de un año. Era aborigen, o sea, australiana de pura cepa. Ese era el delito de los padres y de los hijos. Fue dada en adopción a un matrimonio blanco y no se dijo del todo que aquello muy normal no era hasta que tuvo casi 40 años, lo que da cuenta del lavado de cerebro instaurado por el Gobierno blanco y la Iglesia blanca en los años 60 y 70. El objetivo, no hay duda, no era asimilarlos, ni adaptarlos, ni incluirlos, sino todo lo contrario: era hacerlos sentir tan minúsculos, tan raros, tan inferiores, que ninguna de las víctimas quisiera asomarse a la verdad. Elly lo hizo y descubrió la separación de sus padres, la muerte de su madre, la drogadicción y el alcoholismo de muchos de sus hermanos. No puede ser hija de su padre porque ya no le sale, por mucho que se empeñe. El Papa acaba de pasar por Australia y ha pedido perdón por los abusos sexuales cometidos por los curas. Por lo de los aborígenes ya se excusaron hace años, como el Gobierno. El perdón, el perdón. Parece tan poca cosa tantas veces. ¿Quién les devuelve los años, las risas, los cuentos, las batallitas, las peleas, las caricias, las posibilidades de ser los que tenían que haber sido? ¿Cómo? A Elly, para vivir distinto, parecido o no a lo que pudo ser, le ha dado por ser actriz. Vamos, que a su modo también escribe.
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