Al principio sólo es el leve quejido de un teclado al que se le suma la repetición programada de una batería. Luego un susurro femenino de una voz negra. Dicen que hay cánticos que suenan a oscuridad, a tristeza, a rincones apartados en cualquier ciudad perdida del norte. A vientos helados, a soledad. La canción se repite, una, dos y hasta cien veces en una misma tarde, con una insistencia cansina. Pero es Moby, y uno podría pasarse días tarareando idénticos temas, con los auriculares convertidos en una ramificación de sí mismo. Porque se ha dicho que es la música lo que le retiene, lo que hace que los días parezcan distintos. Lo que multiplica la sensación de que todo lo que piensa ya se dicho, lo han cantado, lo han escrito en bellos versos, lo han plasmado en imágenes que se pierden en los pliegues de la memoria. Y se han proyectado en pantallas desgastadas de cines vacíos.
Porque en el fondo uno sólo se limita a repetir.

