
Me pregunto qué pensará Woody Allen de las gafas de su estatua. Resulta que alguien se las rompe una y otra vez, cada vez que las reponen, y eso que están soldadas a la escultura. Habría que preguntarle al que las rompe, porque sospechan que es el mismo siempre, provisto de alguna herramienta apropiada, si le rompe las gafas al Woody Allen director o al personaje de sus películas. Porque claro, Woody Allen también es un personaje de ficción, que además tiene en la estatua su reflejo, su muñequito de vudú. Y uno se pregunta cuántas veces le rompieron las gafas de pequeño, y hasta dan ganas de contabilizar las que se las arrancan de la cara y las pisan en sus películas. A Woody Allen le hicieron la estatua por hacer un chiste, que probablemente comprendieron a medias, sin captar la ironía. Las palabras que hacen las cosas. Dijo que Oviedo era una ciudad de cuento, con su príncipe y todo, y también que era como si no existiera. No se dieron cuenta que el discurso de aire rimbombante era una caricatura. Ahora esa frase improvisada la han puesto en letras de oro, al pie de su estatua. Pero claro, como no todos los días le levantan a uno una estatua, Woody Allen ha decidido poner esa ciudad que casi no existe en el mapa, sacándola en
Vicky Cristina Barcelona, que acabo de leer que en Francia la han calificado de españolada, o sea,
espagnolade, no es broma. Parece que a Woody Allen no le molesta tanto lo de las gafas, acaso hasta en el fondo le hace reconocerla. Mejor eso que tener la cabeza en la picota, o que la tiren a la ría, como la de Unamuno, o que te hagan estatua tan sosa como la dedicada a Blas de Otero, a la que dan ganas de darle la mano para darle, más que la paz, el pésame.