 
|
Recuento del día -
General
|
|
Escrito por Alex Oviedo
|
|
Sábado, 31 de Julio de 2010 10:37 |
|
Acabo de comprar un libro al que la mayoría de los críticos locales lo definen como una de las mejores obras escritas en el paisito en los últimos años. Y no puedo evitar darme cuenta de que todas esas firmas que me recomiendan su lectura aparecen de una forma u otra en el libro. La objetividad subjetivada me devuelve a la realidad de que la crítica a un texto depende sólo de uno mismo.
|
 
|
Recuento del día -
General
|
|
Escrito por Alex Oviedo
|
|
Lunes, 08 de Marzo de 2010 10:19 |
|
Leía esta mañana datos al respecto, porque parece ser que en España hay nada menos que 4.130 personas que dedican todo su tiempo laboral a defender a los trabajadores (los que llaman liberados), y que en el país se emplearon el pasado año nada menos que siete millones de horas en la defensa de la negociación colectiva y los derechos de los empleados. Que ya son horas, y no sé de dónde las sacan si el año no llega a nueve mil. Por lo que relata el diario Expansión, este tipo de trabajadores le cuesta a las empresas nada menos que 250 millones de euros. Es decir, que vienen a ganar 60.500 euros anuales brutos de media. Justo lo que llevo yo años intentando ganar. Tengo por costumbre no fiarme de estos datos, pero tampoco de estos tipos. Quizás porque al ser autónomo ninguno de ellos se ha preocupado en su vida por mis derechos. Y fíjate que he conocido muchos. Hace unos años veía con cierta frecuencia a uno de esos liberados, seguramente el más vago de su promoción. Era celador en el Hospital de Cruces, al que no acudía más que un día a la semana; se había construido un caserío en Dima y su función, según pude deducir de las veces que nos dirigió la palabra, era maquetar una de las revistas de su sindicato (las siglas del mismo dan igual) que publciaban periódicamente (es decir cada quince días). Una de sus perlas fue un viernes que llegó a la imprenta para que le imprimiéramos cinco mil ejemplares de aquel boletín. Imaginémonos la escena: el tipo llega hablando de derechos laborales, de aumentos de sueldos para los trabajadores y demás historias que en sus labios sonaban a monsergas, y nos reclamaba que tuviéramos preparada una revista de 16 páginas para el lunes. O lo que es lo mismo, que teníamos que trabajar el sábado si queríamos terminar la publicación a tiempo. Eso implicaba que al menos uno de nosotros tendría que acudir a la empresa en su tiempo libre. Así que al tipo, ni corto ni perezoso, sólo se le ocurrió soltar que tendríamos que exigirles a nuestros jefes que nos pagasen las horas extras. Y uno de ellos, de los jefes, me refiero, le preguntó por qué no nos había traído el boletín con más antelación. A lo que el liberado contestó que había tenido mucho trabajo con la huerta de su caserío. Que si los tomates, los puerros y demás… Así, con dos bien puestos. Aún tengo la suerte de verlo en alguna marcha por los derechos de los afiliados a su sindicato. Pero nunca le vi preocuparse por nuestros derechos, ni por nuestra situación económica ni por nada parecido. Y eso que se le llenaba la boca con temas sobre la libertad, el derecho a decidir, la semana de 35 horas… En fin, esos temitas. Como decía, no suelo fiarme de estos datos, sólo de lo que vivimos a diario. Pero ya que nos gustan las cifras, hay un representante sindical por cada 39 trabajadores. Que se dice pronto también. Es curioso, por tanto, que tan poca gente acudiera el otro día a las manifestaciones convocadas contra el retraso de la edad de jubilación. Pensando mal, es que ni los propios enlaces sindicales acudieron. Tema para la reflexión...
|
 
|
Recuento del día -
General
|
|
Escrito por Alex Oviedo
|
|
Domingo, 07 de Febrero de 2010 14:45 |
|
Ahí están, sacados de un poema de Edgar Allan Poe, como decían en aquella película (para los más culturetas, pido el título de la misma, vamos, es fácil). Y sí, se han reunido en un palomar de doscientos metros cuadrados (metro arriba, metro abajo), vestidos como les hubiera gustado vestir, o como creen que habrían vestido si en aquella época hubieran sido lo suficientemente decididos para hacerlo. Erika y Clarice como dos groupies de Madonna, cuando ésta cantaba aquello de La isla bonita. Aunque el premio gordo se lo lleva Ornella, que se ha enfundado las prendas de la propia Louise Veronica Ciccone Fortin, y ha venido acompañada por un representante de la mafia calabresa de los años veinte, un avatar (que está de moda) de Al Capone, con una cicatriz de oreja a oreja y un sombrero Borsalino que ya lo quisieran muchos, y que responde al nombre de Vicentico Ruipérez. Aaron (Giménez de Basterra), en cambio, ha preferido venir de new pop singer (o eso), con su bufanda y camiseta naranjas, al más puro estilo Rick Astley de cintura rota por el baile. Es lo que tienen las canciones de época, Mecano, Coz, Leño, Loquillo, Alaska y demás ganado, que en cuanto las primeras notas de sus temas se escapan de los altavoces, las caderas pendulean de un lado a otro sin que nadie pueda hacer nada por detenerlas. De la música se encarga Pilares, con su aspecto de Steve Urkell venido a menos, pero que acaba convirtiéndose hasta acabar como un clon de Bruce Springsteen. En feo y con candadito. Al principio de un tema se pasa a otro, sin que a nadie parezca disgustarle. Luego, cada invitado a la fiesta (y hay al menos veinte personas) reclama su canción: las unas piden Prince, las otras algo de Los Secretos, las de más allá aquel tema de Casal, Tino Casal. Linda Cartier, que se ha vestido como si estuviera pidiendo guerra en un garito de la Francia ocupada —pelo engominado, pantalón extracorto, camiseta lavada con Ariel, chupa roja al más puro estilo de los chalecos salvavidas del ejército aliado— exige cualquier canción que incite al bailoteo, que lleve a agitar el cuerpo como dos maracas en manos de Machín. Y Pilares suda seleccionando cedés —a falta de vinilos—, mientras su mente viaja en el espacio recordando que falta Salinas —hubiese puesto un toque más desenfadado si cabe al encuentro, además de brindar por el fresismo— y Calixta Veracruz, que haciendo honor a su apellido sigue al otro lado del Atlántico. Rubio de Lancelot y Ernesto Unzalu —socios primigenios, abanderados del rebequismo, seamos serios—, llegan tarde, o mejor dicho, cuando quieren, que por algo fueron los fundadores del Carola's. Pero llegan con ganas, quizás porque a Unzalu le quedan cuatro telediarios de libertad —en palabras de otro de los socios del club, que ha decidido tocarle seriamente los ídem— y le ponen bien puestos estos saraos. Al grupo se ha unido mucha más gente, que es lo que conllevan este tipo de celebraciones, que todo el mundo se lanza sin paracaídas a ellas: está Josemi Rocco (no confundir con Siffredi, que bastante confusión crea su apellido como para andarse con zarandajas), e Itsaso Dueñas y Dave Fernández Goirigolzarri, alias Goiri, mucho más corto, más accesibe a quienes no son capaces de deletrear su apellido. Y todos se preguntan: ¿pero no iba a haber bacalao al pil pil? Pues no, Pilares se ha echado para atrás, es lo que tiene, siempre ha sido un fiel seguidor de Felipe, el de Mafalda, o lo que es lo mismo: ¿Qué haría yo rodeado de leones en la sabana africana? Quién sabe, la cobardía tiene tantos matices. Quizás por eso, cuando el baile se vuelve heavy, la reunión se disgrega en grupos —el político, el musical, el "como me pones, nena"—, Pilares huye y se deja llevar por la noche hacia lugares más tranquilos en los que reflexionar. Entre sueños...
|
 
|
Recuento del día -
General
|
|
Escrito por Alex Oviedo
|
|
Miércoles, 03 de Febrero de 2010 09:28 |
|
Leo opiniones contradictorias en la prensa, como pasa casi siempre que uno se debate entre tres o cuatro diarios. Por un lado, un representante del antiguo gobierno mantiene que durante años han centrado su política en una buena educación para lograr que nuestro país estuviese siempre a la cabeza del Estado. Por otro, el Presidente del Consejo Escolar del paisito dice que nanay, que los resultados académicos de nuestros estudiantes dejan bastante que desear, y que la dedicación que el Ejecutivo ha dedicado al estudio de la lengua “resta horas para ciencias o matemáticas”. Y concluye diciendo que el nivel educativo del País Vasco está por debajo de su potencial económico. Desconozco quién de los dos tiene razón, o si la tienen los dos, pero me he acordado del comentario que me hizo ayer un colega que me decía, sorprendido, que su hijo de nueve años tenía unas lagunas en conocimientos que no tenía él a su edad.
Y en otro orden de cosas, sorprende que en una semana cuya primicia informativa es la edad de jubilación nadie se rasgue las vestiduras por el hecho de que la mayor parte de los políticos vayan a tener una jubilación con el cien por cien de su sueldo (algo así como un pellizco), y nosotros tengamos que cotizar un mínimo de 35 años para cobrar los 34.000 euros anuales del retiro más feliz. Equiparando: si un diputado/senador está siete años en su puesto tendrá asegurado el 80% de la pensión máxima; si está nueve años, llegará al 90%. Los demás si cotizásemos once años, apenas nos darían esa propina que llaman pensión mínima.
Es curioso, al parecer el presidente boliviano Evo Morales ratificó en 2007 una norma por la que los gobernantes y ministros de su país dejarían de cobrar una pensión al abandonar su cargo. En nuestro país, lo primero que hace un político al llegar al cargo es asegurarse que en el futuro seguirá cobrando. Me imagino que por el bien del país, que es para lo que suelen decir que están en política. El hecho es que en Euskadi, por ejemplo, si un lehendakari o un consejero deja el cargo con sólo dos años de mandato, no sólo tendrá una indemnización por hacerlo, sino también una pensión del 50% de su sueldo (o lo que es lo mismo, 50.000 eurazos del ala). Una pensión vitalicia que comenzarán a cobrar a los 65 ó 67 años, eso ya da igual. Pero es que si llegan a estar cuatro años en el cargo se levantarán el 100%. Así, si inmutarse.
No me extraña que en las últimas encuestas sobre cuáles eran los problemas de nuestro Estado en los primeros puestos estuviesen los políticos: personas que llegan a los respectivos parlamentos para echarse en cara mutuamente cosas que no hicieron los anteriores cuando estaban en el poder, y que sólo se ponen de acuerdo para subirse el sueldo (sólo hay que mirar la hemeroteca para ver que en el Parlamento vasco el único punto que ha puesto de acuerdo a todos los partidos en décadas fue el incremento de sus salarios). Y luego hablan de incremento de la edad de jubilación, de que no nos dejan opinar, de que estamos perdiendo la identidad común o de macroproyectos absurdos que no van a ningún sitio. Ninguno de esos tipos —en un país con el mayor número de funcionarios y altos cargos— ha planteado que quizás la solución —una de ellas— para salir de la crisis sería rebajar sus pensiones, sus sueldos o equipararlos a los que cobraremos el resto de mortales. Dejarse de monsergas y mirar efectivamente por nuestro país.
|
|
|