Carola's Club
Un Carola gastronómico
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Revista - Carola's Club
Escrito por Alex Oviedo   
Miércoles, 02 de Septiembre de 2009 07:54

Lo esperaban alguno de los socios, un encuentro para acabar el curso. Sabían que dos de los fundadores (nada menos que Ernesto Unzalu y Andoni Rubio de Lancelot) estaban aún de vacaciones —su trabajo, ya se sabe, implica un estrés digno de los grandes ejecutivos, y era necesario proseguir el descanso veraniego, el primero en el Cabo de Gata, el segundo en la costa asturiana—. Pero el resto necesitaban un nuevo Carola. Quizás porque una de las facciones del club (los llamados “francotiradores”) ya se habían reunido en una ocasión y alardeaban de ello. Así que Santi Flowers soltó la liebre y Pilares cogió el testigo. Al tiempo, Erika Doval palmoteó emocionada. “Pensaba que no volveríamos a reunirnos”, apuntó con una mueca que evidenciaba que había dejado de ser reacia a lo que ella había definido como un “club de cuarentones en busca de ligoteo fácil”. Eso o algo por el estilo. Aarón Giménez de Basterra se apuntó al carro, como no podía ser menos en un hombre habituado a los grandes acontecimientos. “Llevaré maní”, dijo como si entonara una canción de Antonio Machín. Lo prometido es deuda, así que se presentó en el Carola con un maletín repleto de frutos secos y gominolas. Todo sea por endulzar el momento. Aunque la sorpresa la tenía Flowers y Ainhoa Ellacuría: tres tortillas preparadas según la receta tradicional de tres grandes cocineros vascos: Subijana, Arzak y Aduriz. Nivelón, sin duda. El Club lo merece. El estómago también.

“¡Un Carola gatronómico!”, exclamó risueño Josemi Rocco al tiempo que pedía la primera ronda de birras. Su mujer, Linda Cartier, aún permanecía en la costa griega, por lo que en su rostro comenzaba a brotar una incipiente barba. Rocco era el único que venía con los deberes hechos, tal como había pedido Pilares en la convocatoria virtual: varios temas que dieran algo de seriedad a un club que había acabado bailando en la última reunión a ritmo de bulería. Y claro, ante semejante bajón cultural los medios informativos habían comenzado a especular (no en vano alguno de los miembros forman parte de esa profesión que llaman periodismo; y en este gremio todo se sabe). ¿Estaría el Carola’s Club cayendo en lo más bajo? ¿Dónde estaban aquellos incios de cine francés, tertulia al estilo 'La Clave' y paseos en bici a la luz de la luna? Por eso Rocco había puesto sobre la mesa algunas cuestiones dignas de los mejores encuentros. Todo sea por elevar el nivel: política venezolana, Sabrina o la delantera musical de los ochenta, la ciudad como garante de las libertades individuales. En fin, cosas de ésas que se iban alternando para demostrar, una vez más, que en el Carola`s todo argumento es bien recibido.

Giménez de Basterra apoyó la moción y desplegó entre deconstrucciones de tortilla un álbum fotográfico sobre París: postales de la ciudad del amor, de la poesía, de Víctor Hugo, de Rimbaud ("aunque no eran de París", puntualizó Erika), con un Chabrol en pleno rodaje o imágenes de algunos de los rincones en los que se han fraguado muchos de los momentos más trascendentales de la literatura. Aunque, por momentos, parecía que sus aportaciones a la tertulia se dirigían únicamente a Erika que, a su lado, apostaba por organizar un dúo de clowns: “Pasen y vean, la mujer barbuda, el hombre que llora, chribiquis a real, ganchos para la ropa”, entonaba juntando los labios y falseando la voz. Visto el nivel, la nueva incorporación del Club, Calixta Veracruz, decidió adoptar el papel de uno de sus personajes y convertirse en bucanero. Saltando sobre la mesa, apoderándose de uno de los trozos de tortilla con un palillo de madera a modo de sable, recordando algunos de las rutas que ha surcado con su nave del misterio.

Sonaba música de Mohamed Alrrasin, el famoso Rosendo del Eufrates, sones asiáticos propios para una danza del vientre. O una danza del sable. Aunque para entonces ninguno de los miembros del club tenía ya el cuerpo para bailoteos.

 
Un Carola estival. De irreductibles a francotiradores
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Revista - Carola's Club
Escrito por Jöel López Astorkiza   
Viernes, 21 de Agosto de 2009 00:38
El que suscribe es de natural ingenuo y propenso a las causas perdidas, así que enseguida buscó una nueva batalla que librar y en la que sucumbir, como casi siempre.
Abrir el Carola’s en verano. Ahí es nada. Se me podía haber ocurrido algo más fácil como acabar con el hambre en el mundo o que Pilares coordine, por fin, caderas y música, pero no. Reunir en una mesa del templo del rebequismo a socios, musas o satélites afines requería un esfuerzo nada recomendable en tiempos de canícula estival, pero de qué sirve ser encartado si no se puede demostrar.
Horas después  de lanzar al etéreo mar de Internet un mensaje dentro de una botellita de Anís del Mono, que así pesa más, tapado con pez, recibí varios mensajes de vuelta, esta vez sin botellitas.
Y cuál fue mi sorpresa que tras varias negativas, excusas y tierra de por medio, llegaron mensajes positivos, secundando mi romántica moción de abrir el Carola’s en verano. Al final, nunca se está solo clamando en el desierto. Siempre nos quedarán los irreductibles.  Salinas de Heros y Erika Doval, animados por sus últimas aventuras al pie de Gaztelugatxe, como atrevidos piratas en busca del mejor botín que no es otro que el que no se busca y se encuentra, decidieron dar un paso al frente y acompañarme en esta nueva misión.
Habíamos creado un nuevo grupo. De irreductibles habíamos pasado a francotiradores. Y allí que quedamos, a golpe de SMS, en la terraza de un bar que siempre nos espera
Como el goteo del inicio de una tormenta de verano fuimos llegando el que suscribe, Salinas y Doval por este orden y después de una primera ronda de pie, sujetados por unas cervezas y un sol vespertino que empapaba de verano la cara de Erika, nos acomodamos en una mesa en la que vimos agacharse al día y levantarse orgullosa una preciosa noche estival.
Varias horas de conversación amena y a buen ritmo por donde pasaron más cervezas, perros malcriados y muchos puntos en común entre tres francotiradores que han luchado en guerras distintas, con objetivos distintos y cicatrices distintas.
Por allí pasó Ilsa Lazslo con su vestido azul recién llegada de París, como un servidor, sin vestido azul pero compartiendo curiosidades y experiencias de mi viaje por, palabras de Salinas “la capital sentimental del mundo”. Al final de la conversación, solo en el coche, me di cuenta de que Salinas tiene muchísimas más cosas que contar, sobre París y sobre la vida que un listillo como yo y que debería haber tenido la boca cerrada y las orejas más abiertas.
Erika se preguntaba por qué le gustaban más las películas antiguas que las actuales mientras comenzaba a aparecer Spencer Tracy con su acordeón llamándonos pescaditos, Salinas recordaba su ritual anual con Rick Blaine y yo veía a mi abuelo viendo cine.
La música que salía del bar con una dulce cadencia también se convirtió en tema de conversación gracias a la camarera que se dedicaba a poner la banda sonora. Leonard Cohen, Edith Piaf, Jacques Brel o Camarón también se sumaron a nuestra mesa. Aline, que así se llama la camarera con un gusto musical exquisito se ha convertido por derecho y alguna que otra invitación, en la tabernera exclusiva de los francotiradores.
En fín, que la versión de guardia del Carola’s salió más que airosa en una noche de verano espectacular en la que Salinas y Doval salieron a pie siguiendo el curso de una ría, por momentos plateada, y un servidor decidió quedarse apurando la penúltima canción que salía de ese bar que aún aguarda la próxima sesión del club más libérrimo del mundo.
 
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