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Escrito por Alex Oviedo
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Lunes, 23 de Agosto de 2010 08:51 |
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Cuando era más joven, que decía aquella canción de Sabina, mi padre me regaló una novela de Enrique Jardiel Poncela. Se titulaba La tournée de Dios y había sido escrita en 1932. La premisa era ya de por sí graciosa. Dios decidía darse una vueltecita por la Tierra en forma de señor bajito y optaba por el país más religioso (o al menos con más iglesias por metro cuadrado) del planeta: España. La novela contaba con un elemento que le otorgaba, para mí, otra originalidad: comenzaba por el capítulo veinte y el lector podía seguir el orden (supuestamente aleatorio) de Jardiel o mantener un orden lógico sin que se resintiera su comprensión.El escritor madrileño utilizaba el humor para criticar la situación social (en plena República), para soltar mandobles a diestro y siniestro contra los políticos, los curas… De ahí que, como aseguraba mi padre, la novela hubiera sido prohibida posteriormente durante el franquismo.
Poco a poco me fui haciendo con el resto de sus novelas (Amor se escribe sin hache, Espérame en Siberia, vida mía o Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?), tan difíciles de encontrar en las librerías como lo sería si las buscásemos mañana, obras repletas de juegos de palabras, relaciones amorosas que serían políticamente incorrectas a día de hoy, situaciones absurdas cercanas a la alta comedia del cine americano (lo que por aquellos lares dieron en llamar screwball comedy).
Para entonces, yo ya había visto en el teatro (y en televisión, cuando se proyectaba en la pantalla aquel programa titulado Estudio 1) algunas de las obras teatrales de Jardiel: Cuatro corazones con freno y marcha atrás, Los ladrones somos gente honrada, Angelina o el honor de un brigadier (que ha vuelto a montarse este año en los escenarios), Usted tiene ojos de mujer fatal, Las cinco advertencias de Satanás, Eloísa está debajo de un almendro, El amor sólo dura 2.000 metros, Tú y y yo somos tres o Como mejor están las rubias es con patatas. Admito que en mi desconocimiento, mezclaba autores y obras, porque La señorita de Trevélez, de Carlos Arniches se la acreditaba a Jardiel, y Es mi hombre a Miguel Mihura, por citar dos ejemplos. Tal vez porque los tres autores me resultaban similares en temas y en esa mezcla de dramatismo, humor y crítica social. No en vano Jardiel influyó en el tono de muchas de las obras de Mihura. Y todos mostraban sobre el escenario el ambiente popular de una España de la época, su lenguaje, los cambios que se estaban dando en la sociedad…, y sabían mezclar la tragedia con lo jocoso en un tipo de teatro que Arniches definió como “tragedia grotesca”.
En La señorita de Trevélez, sin ir más lejos, Arniches criticaba “a la juventud burguesa, ociosa y desocupada, que ignoraba los sentimientos de los demás con sus crueles bromas”. Miguel Mihura, por su parte, cuenta con varios ejemplos de este teatro de calidad: Tres Sombreros de Copa, Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario, El caso de la mujer asesinadita, Maribel y la extraña familia o Ninette y un señor de Murcia. Es curioso que un autor que militó en la Falange —se refugió en San Sebastián con el bando nacional durante la Guerra Civil; también Jardiel Poncela se refugió en Donosti durante la guerra en el lado franquista a pesar de que en 1936 (un 16 de agosto) fuera detenido por haber dado cobijo en su casa al ex ministro de la República Rafael Salazar Alonso—; es curioso, decía, que Mihura mostrara con tan buen ojo crítico las restricciones y convencionalismos de un país muchas veces mezquino y cruel, o los problemas de la libertad en una sociedad pacata y retrógrada. No sorprende por tanto que los tres dramaturgos fuesen atacados por la crítica de la época por romper con el naturalismo tradicional imperante en el teatro en aquellos años, por proponer un humor mucho más irónico, inverosímil, repleto de juegos de palabras y situaciones absurdas o por tratar temas no siempre aceptados por la censura franquista. Es lo que tiene creer que el Arte, la Literatura o el Teatro, han de analizar con mirada crítica la sociedad del momento.
Siempre he pensado que la función del escritor va mucho más allá del simple entretenimiento. Lo he intentado con mayor o menor fortuna en algunas de las novelas que he escrito. Pero en los tiempos que corren —tan parecidos en ciertas cuestiones a aquéllos, y no precisamente en lo creativo— habría que redefinir el concepto ironía. O enseñarlo en las escuelas. Jardiel Poncela, que murió arruinado y abandonado por muchos de los que consideraba sus amigos, llevó el humor hasta el final. Incluso cuando su situación personal no era precisamente pletórica. Dicen que en su nicho figura el siguiente epitafio: «Si queréis los mayores elogios, moríos».
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Escrito por Alex Oviedo
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Viernes, 06 de Agosto de 2010 12:21 |
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El relato en Euskadi
El País Vasco ha dado grandes escritores de relatos, en el que el caso más claro es Ignacio Aldecoa, el gran cuenstista vasco. Pío Baroja y Miguel de Unamuno, además de grandes novelistas fueron también buenos cuentistas. Pero sin necesidad de echar la vista tan atrás, a día de hoy nuevas firmas están dándole un nuevo aire al relato vasco en castellano. Es el caso del bilbaíno Juan Carlos Márquez, que en Oficios reúne catorce textos trufados de originalidad, sarcasmo y ternura que le valieron el Premio Tiflos de Cuento 2008 convocado por la ONCE. Idéntico reconocimiento obtuvo pocos años antes el también bilbaíno Óscar Alonso Álvarez con Disculpen el percance, título al que seguirían dos libros de relatos más (El coleccionista de cabezas reducidas y Ejecutar a Schubert), varios premios literarios y la participación en diversas antologías como 2.050 kilómetros de palabras. Para Alonso, la novela requiere una concentración diferente, “es como comparar a un corredor de maratón con un velocista de cien metros. Lo que ocurre es que el relato no vende lo que una novela, que cuanto más gorda sea mejor”.
En semejantes términos se expresa Pedro Ugarte, uno de los escritores de relatos en castellano más sugerentes que ha dado el País Vasco. Su novela, Los cuerpos de las nadadoras, con la que fue finalista del Premio Herralde de Novela 1996 y Premio Euskadi de Literatura 1997, tenía una estructura a base de pequeños relatos, género al que ha recurrido con éxito (Los traficantes de palabras, La isla de Komodo, Materiales para una expedición…). Ugarte tiene preferencia por el relato, “porque es el género que más me gusta, no sólo como escritor, sino también como lector”. Además, considera que como género “es más interesante que la novela, en contra de lo que piense mucha gente: en la novela uno se puede distraer durante varias páginas; en el cuento no. Lo importante del cuento es la elección del punto de vista, mientras que en la novela es la estructura”. De ahí que se congratule que las editoriales empiecen a editar más libros de relatos que años atrás.
Para Seve Calleja, autor de varias antologías de cuentos clásicos y ganador del Ignacio Aldecoa, “el relato es al pintxo exquisito lo que la novela es a la comida de mantel. Tiene la intensidad y el sabor de lo breve, que condensa en un instante, que casi siempre suele ser al final, toda la fuerza del relato. La novela te lleva, el cuento no. La estructura monocorde tiene además las ventajas de leer en instantes —viajes, esperas—. Y didácticamente tiene todas las ventajas porque es muy manejable en las aulas. Por eso, y no por el apellido, estoy enganchado a los cuentos”.
Lo cierto es que en los últimos años en Euskadi ha surgido una camada de jóvenes narradores que se han dejado seducir por la brevedad. Es el caso de Txani Rodríguez, a cuyo iniciático El corazón de los aviones le siguió una primera novela, Lo que será de nosotros, definida por la propia autora como “un poco tramposa, porque está llena de cuentos”. La nueva novela de Enrique Mochales, La fragilidad de la porcelana, está concebida a base pequeños relatos, distancia en la que el escritor bilbaíno se mueve con la habilidad de un orfebre como lo demuestran títulos como Me das miedo cuando bailas, La improbable vida de Bernard Lafourcade o Mermelada amarga. Julia Otxoa también es un ejemplo de autora que ha apostado desde el principio por lo corto. Acaba de ver la luz su nuevo libro de relatos (Un lugar en el parque), al que le han precedido Variaciones de un cuadro de Paul Klee, Kískili-Káskala o Un león en la cocina, entre otros.
Kepa Murua, editor de Bassarai considera que el relato, al igual que la poesía, “es un formato muy cómodo frente a las lecturas detenidas y largas que supone una novela” en especial para períodos de tiempo como el verano”. Pero desde el punto de vista de editor, “el mercado rechaza los relatos”. Bassarai cuenta en su catálogo con varios libros de relatos, que no han tenido la aceptación que merecían, “salvando el libro de María Eugenia Salaverri, ¿Por qué te ríes?”. Salaverri ha visto sus cuentos en antologías como Narradores vascos o Rainy Days (short stories by contemporary spanish women writers) y ha publicado, además del ya citado por Murua, el libro de relatos Un tango para tres hermanas. Por su parte. Juan Bas se involucró junto a Fernando Marías en Páginas ocultas de la historia, ha participao en antologías como Bilbao de cine o Bilbao, almacén de ficciones y tiene en su haber La taberna de los tres monos. Sin olvidar a Espido Freire, que puntualmente deleita al público con retazos narrativos en los que desgrana sus mundos oníricos y personales (Juegos míos).
No recuerdo quien dijo que existen varios tipos de personas ligadas al arte de juntar palabras: el escritor de cuentos, el novelista, el poeta, el cronista y el chapuzas. Seguramente pecaré de lo último a la hora de seleccionar algunos autores vascos que han publicado sus cuentos en castellano. Esta es por tanto una lista incompleta pero que muestra cómo muchos autores se han acercado con habilidad al mundo del relato: Asdrúbal Hernández (Juegos de parejas, Tres de corazones), Alber Vázquez (Cósele el rabo al lagarto), Verónica Portell (Y sin embargo te entiendo), Olatz Candina (Siete retratos y un jardín), Iñaki Ezkerra (Cuentos de amor y de odio), José Fernández de la Sota (Elefantes Blancos, Suerte de perro y otras historias), Antonio Altarriba (Cuerpos entretejidos, Cuentos cortos); Luisa Etxenike (Ejercicios de duelo); o Miguel González San Martín, quien con Pobeñeses obtuvo el Premio Euskadi de Literatura...
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Escrito por Alex Oviedo
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Jueves, 05 de Agosto de 2010 17:35 |
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Menoscuarto sigue la estela de la que seguramente será ahora mismo el referente del cuento en castellano. Se trata de Páginas de Espuma, el proyecto personal de Juan Casamayor, quien lleva diez años apostando fuerte por el relato, y que considera que los libros de cuentos tienen un público fiel, silencioso y cómplice, quizá no tan masivo como de novela, pero que se mantienen siempre a la expectativa. Casamayor ha reunido en su catálogo a algunos de los escritores de referencia de los últimos años como Javier Sáez de Ibarra (Mirar al agua, con el que el escritor alavés obtuvo el Primer Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero); Care Santos (Los que rugen) o Miguel Ángel Muñoz (Quédate donde estás). En las últimas semanas ha visto la luz El menor espectáculo del mundo, una colección de nueve cuentos del multipremiado Félix J. Palma, al que seguirá el nuevo libro de Medardo Fraile, Antes de un futuro imperfecto.
Enrique Redel, editor de Impedimenta, cree que el cuento está viviendo un momento clave porque además de la aparición de varias editoriales que se dedican a ello, “los editores generalistas publicamos cuentos. Existía un prejuicio porque se pensaba que publicar cuentos era vender poco, pero en el caso de Impedimenta los tres libros que hemos editado (Andrés Ibáñez, Méndez Ferrín y Pilar Adón) están funcionando perfectamente. Hemos perdido el miedo a las ventas”. Para Redel, “los nuevos escritores españoles donde están dando la talla es en los relatos. Parte de la gran creatividad española está en el cuento”.
Por su parte, Pablo Mazo, uno de los editores de Salto de Página, tiene claro que los libros de relatos forman parte de un mercado “descuidado por las grandes editoriales y maltratado por los suplementos culturales”. Su proyecto, sin embargo, ha apostado por varios títulos de relatos al año. “En los últimos años”, apunta Mazo, “se ha visto que hay un público lector de relatos, quizá minoritario pero muy exigente y fiel”. También cree que la crítica en Internet ha ayudado a este resurgir del cuento “porque ha sido más libre de compromisos. Hemos publicado pocos libros pero con mucha fortuna. Un par de antologías y cuatro libros de cuentos. Nuestro caso es diferente al de Páginas de Espuma, referencia absoluta ahora mismo en lo que a la publicación de cuentos se refiere”, señala Mazo. “La poca experiencia ha sido muy buena y contamos con sacar dos o tres títulos de relatos al año.” Sus dos últimas apuestas, De mecánica y alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel y Bajo el influjo del cometa de Jon Bilbao son una muestra de ello, ya que ambos han sido seleccionados para el Premio Setenil, uno de los más importantes en cuanto a relato se refiere.
Pablo Mazo considera que hay que olvidarse de que el relato “es un género menor, un descanso entre novelas o más fácil de escribir. Exige mucho trabajo, hacer una colección unitaria no está al alcance de cualquier autor. Incluso puede ser más exigente para el lector porque le exige una intensidad y una técnica que no tiene la novela. Incluso en muchos casos requiere más atención que la novela, opina. “Hay muy buenos autores de cuentos”.
El asturiano Jon Bilbao es uno de ellos. “Una de las grandes ventajas que tiene una colección de relatos es la variadad”, señala. Motivo por el que el autor intenta que el tono y el universo en el que transcurren sus textos sean diferentes. En el caso de Bajo el influjo del cometa “hay finales abiertos, cerrados, vistosos y otros en los que se crea una inercia para que el lector continúe la historia por su cuenta”.
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Escrito por Alex Oviedo
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Miércoles, 04 de Agosto de 2010 23:08 |
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La llegada de una joven nómina de narradores ha revolucionado las letras españolas. ¿La razón? Su predilección por el texto breve. Las editoriales comienzan a confiar en él y han dejado de escuchar a esos agoreros que insisten en que el relato no vende. Un ejemplo: El mes más cruel, de Pilar Adón, ha llegado a la tercera edición en poco más de un mes. El cuento está de moda.
Decía recientemente el escritor andaluz Juan Bonilla que el cuento tenía que luchar contra el propio lenguaje, contra esas frases hechas que definen de “cuentista” a quien exagera, de “tener mucho cuento” al que le gusta exageraro de “vivir del cuento” a quien se le desconoce cuál es su forma de vida. A eso se añaden las coletillas de aquellos que lo definen como “un género menor” o de ser “un laboratorio para novelistas”. El escritor bilbaino Óscar Alonso incide en este hecho: “parece como si para ser un verdadero narrador tuvieras que ser novelista. A ningún poeta se le dice que no escriba poemas, pero de un cuentista —y la palabra para muchos ya es peyorativa— siempre se espera que escriba una novela. ¿Pero alguien se planteó alguna vez que Borges no hubiera escrito nunca una novela? En la historia de la literatura hay grandes nombres que han destacado principalmente por ser escritores de cuentos: Chejov, Cortázar, Poe, Monterroso…”
Hasta hace pocos años, sin embargo, cualquier editorial que publicase relatos estaba abocada al desastre. Las circunstancias parecen haber cambiado con la aparición de proyectos editoriales independientes que están apostando por el cuento: Páginas de Espuma, Menoscuarto, Tropo Editores, Impedimenta, Alberdania, Salto de Página… A eso se añaden jóvenes autores que han salido a la palestra gracias a lo que otros definirían como género menor. La madrileña Pilar Adón es una de esas autoras. Con varios libros de relatos en su haber (Viajes inocentes, Contar las olas o Todo un placer), con El mes más cruel ha vuelto a demostrar aquella máxima de “lo bueno si breve dos veces bueno”. Adón se suma a una nómina de nuevos narradores formada por Jon Bilbao, Ernesto Calabuig, Matías Candeira, Manuel Moyano, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Elvira Navarro, Javier Sáez de Ibarra, Juan Carlos Márquez, Irene Jiménez, Lara Moreno o Berta Marsé que están publicando con éxito buenos libros de relatos.
Todos ellos forman parte además de la antología que bajo el título Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual ha publicado Menoscuarto. Fernando Valls, coeditor de esta antología junto con Gemma Pellicer, lo tiene claro: “el cuento español parecía haber gozado hasta hoy de una mala salud de hierro, Internet se ha convertido en uno de sus canales básicos de difusión, permitiéndole llevar una dieta sana y transformándose en su alimento bio, al tiempo que le insuflaba vitalidad y aumentaba su público”. De ahí que hayan apostado por la publicación es esta antología en la que están reunidas treinta y cinco historias “de estética muy diversa” y que muestra “la ambición y el vigor con los que hoy se cultiva la narrativa breve española”.
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Jueves, 29 de Julio de 2010 15:09 |
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La primera vez que te vi estabas en la fiesta del cónsul, apoyada en una de las columnas del gran salón de aquel viejo hotel. Me miraste. Apenas fueron unos segundos, pero aquella mirada se clavó en mi retina. Comenzamos un extraño juego, sin hablarnos, sin tocarnos. Por momentos y aunque rodeados de gente me pareció que en aquella recepión solo estábamos tu y yo.
Mientras nuestras miradas hablaban, alguien tropezó conmigo y durante un segundo fugaz el juego se rompió.
Cuando volví la mirada hacia la columna, ya no estabas, y desesperado comence a buscarte entre la gente.
Un oceano de desconocidos se presentaba ante mis ojos. Todos vestidos con elegantes prendas, todos paladeando el caro champán francés servido para la ocasión.
Esquivé una bandeja repleta de nuevas copas que pronto estarían vacías. Miré, te busqué y cuando ya pensaba que te habías marchado me pareció ver cómo rechazabas una oferta de bohemio cristal repleto de burbujas doradas.
Me acerqué hasta casi rozarte. Como siempre, recorrer el último metro es lo que me resulta más difícil. ¿Cómo abordarte? ¿En el idioma del cónsul o en el mío? Intentaba encontrar una de esas frases que tiempo después se recuerdan, pero se me quedó dentro y enmudecí en cuanto te volviste.
Entonces tenía 38 años, han pasado diez de ese momento, y todavía no sé muy bien cómo conseguí decirte algo ni cómo me salieron las palabras. Tan aturullado que me sentí. Ahora eres tú quien sonriéndote me lo recuerdas todos los años, cuando nos volvemos a encontrar el mismo día, a la misma hora.
A pesar de las penurias de esta última década es agradable poder revivir aunque sólo sea una vez al año el inicio de una historia inolvidable. Ese momento trae a mi memoria sentimientos que tenía olvidados. Ya no hay champán francés ni elegantes prendas. Ahora estamos sólos tú y yo. No sé en qué momento esto empezó a torcerse, tal vez aquella tarde gris de otoño en la que sentado en el parque tu mirada se perdió entre los árboles.
Tus ojos miraban al frente sin ver nada. Sólo unas lágrimas caían por tus mejillas y no respondías a mi pregunta. “¿Qué ha ocurrido?” .
No sabes la cantidad de veces que he intentado responder a esa pregunta. Hasta que hoy, diez años después, hemos vuelto a ese viejo salón y lo he comprendido todo.
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