Julio 29, 2008

[Pierda usted gratis su dinero]

Archivado en: Recuento del día — alex oviedo @ 9:00 pm

Desde que se publicó la entrevista a los escritores sudamericanos Jorge Edwards y Fernando Quiroz me lleva pasando una cosa curiosa que tiene que ver con el juego. Por alguna razón que desconozco, desde entonces no hacen más que entrar en el blog spams relacionados con casinos on line. Desde todos los países: Italia, Francia, Estados Unidos, India…, hasta un Casino tailandés (que no un masaje) que me indicaba que podía gastarme (y no invertir, que esto hubiera sido ya el colmo del jugador) con ellos el dinero. En otros casos me señalan con rostro alegre y manos sueltas que puedo entrar de forma gratuita en sus páginas y fundirme la pasta. Y claro, como mi madre no tuvo ningún hijo tonto, que decían en Charada, a mí lo de entrar gratis para perder el dinero me mosquea. Aunque más el hecho de que todos los spams vengan teledirigidos desde el post de literatura sudamericana. Como si en Internet hubiesen establecido alguna relación entre América del Sur y el juego. Quizás si escribo “China” aparecerán a partir de ahora enlaces con máquinas tragaperras o con restaurantes del país. O con sus Juegos Olímpicos. Y si tecleo “James Bond”, las mejores maneras de preparar un dry martini. Un colega me ha recomendado que no escriba toda una serie de palabras (incluso me hizo una lista), porque al parecer controlan desde Estados Unidos si uno pone a caldo a su presidente por el bien de la famosa seguridad nacional. Cosas de la red, que ve en cualquier rincón conspiraciones (uy, perdón, que ésta tampoco se podía).

[Memory Gospel]

Archivado en: Recuento del día — alex oviedo @ 12:32 am

Al principio sólo es el leve quejido de un teclado al que se le suma la repetición programada de una batería. Luego un susurro femenino de una voz negra. Dicen que hay cánticos que suenan a oscuridad, a tristeza, a rincones apartados en cualquier ciudad perdida del norte. A vientos helados, a soledad. La canción se repite, una, dos y hasta cien veces en una misma tarde, con una insistencia cansina. Pero es Moby, y uno podría pasarse días tarareando idénticos temas, con los auriculares convertidos en una ramificación de sí mismo. Porque se ha dicho que es la música lo que le retiene, lo que hace que los días parezcan distintos. Lo que multiplica la sensación de que todo lo que piensa ya se dicho, lo han cantado, lo han escrito en bellos versos, lo han plasmado en imágenes que se pierden en los pliegues de la memoria. Y se han proyectado en pantallas desgastadas de cines vacíos.

Porque en el fondo uno sólo se limita a repetir.

Julio 28, 2008

‘Encendido’

Archivado en: Poesía visual — alex oviedo @ 5:03 pm

por Javier Aguirre Ortiz

Comienzos literarios (6)

Archivado en: Comienzos literarios — alex oviedo @ 8:31 am

Una nueva propuesta de inicio de una novela publicada ahora hace cuatro años para que apuntéis quién puede ser su autor y el título de la misma:

“En una apartada y tranquila isla griega del mar Jónico, hacía tiempo que la vida transcurría sin sobresaltos. Apenas sucedía nada que rompiera la rutina. Sus gentes, campesinos y pescadores curtidos por el sol y el salitre, parecían fragmentos de un paisaje tórrido y pedregoso. Era la isla un lugar alejado de guerras y de intrigas, muy diferente de otros muchos parajes circundantes del Peloponeso, cuyos héroes les habían ido dando un nombre ilustre y un lugar en la historia: Ítaca, Tesalia, Troya, Misia, Áulide… Ésta en cambio no tenía más nombre conocido que el de Isla Blanca, como la llamaban los navegantes y los forasteros”.

Julio 27, 2008

Duo Books

Archivado en: Cajón de sastre — alex oviedo @ 12:57 am

Por cierto, me entero de refilón que se ha estrenado una nueva colección de libros que bajo el sello de Duo Books publican los relatos de un autor complementados con los dibujos de un artista plástico.

En el primer número, Playing with myself, se compone de una selección de ilustraciones de Juan Zamora y el relato breve Invierno del escritor dominicano Junot Díaz, premio Pulitzer de novela 2008. De este número se han editado 1.000 ejemplares firmados por el artista.

Julio 26, 2008

[Quiero ser marqués de La Casilla]

Archivado en: Recuento del día — alex oviedo @ 11:58 pm

El verano lleva a las frivolidades incluso para quien comienza la mañana abriendo el periódico por el suplemento cultural. Y es que andaba leyendo un texto sobre editoriales pequeñas en el ‘Territorios’ (todo ese grupo de francoritadores que buscan hacerse un hueco en el mercado) y anotando nombres de algunos de los proyectos reseñados en él (Libros del Asteroide, Impedimenta, Sexto Piso, Barataria, Nórdica, Casa Abierta, Global Rhythm, Periférica, Flor del Viento, Libros del Zorro Rojo, Editorial Funambulista, Artemisa, Calambur, RD Editores, Media Vaca, Ediciones de Oriente y del Mediterráneo…) por si me decidía a centrarme en la literatura de verdad y no en la que nos brinda los grandes grupos.

Y en eso estaba, demostrándome a mí mismo que este es el camino de sólo unos elegidos, cuando me he topado en el mismo diario con una noticia a toda página en la que se anunciaba que el Rey había nombrado tres marqueses y un grande de España a cuatro personalidades del país. Por este orden: Margarita Salas (científica), Javier Godó (Editor de La Vanguardia), Antonio Fontán (primer presidente del Senado) y Paloma O´Shea (mecenas musical). Y claro, a uno, que en el fondo es envidioso por naturaleza, le han entrado unas ganas enormes de que le nombren marqués. De La Casilla, por ejemplo, que para eso anduvo mucho tiempo subvencionando los bares de la zona. En uno de ellos aún tengo mi reducto privado. (Había pensado en pedirle al lehendakari algún reconocimiento o un premio de esos que no sirven más que para la foto, pero él está centrado en proyectos más divinos).

Dejémonos por tanto de literatura, editoriales independientes y pequeñas librerías y vayamos a por el marquesado. Así, de paso, nos hacemos unas tarjetas con el nombre y el abolengo (en este caso escasamente rancio) y las vamos soltando por ahí a modo de reclamo publicitario. La de envidias que íbamos a suscitar…

Elly y el perdón

Archivado en: Revista — alex oviedo @ 11:01 am

por Elena Sierra

Leer el periódico es a veces un acto de fe. Hay algo de sobrenatural, de imposible pero anda, venga, de deber seguir creyendo —en la gente, me refiero— cuando se leen cosas como las que contaba el otro día la contraportada de uno de estos diarios de noticias. Era sólo la contraportada, que se supone que debe ser ligerilla. La vida de Elly Chatfield es de todo menos eso. Un día un montón de gente entró en su casa y se la llevó a ella y a sus cinco hermanos. Elly era un bebé de poco más de un año. Era aborigen, o sea, australiana de pura cepa. Ese era el delito de los padres y de los hijos. Fue dada en adopción a un matrimonio blanco y no se dijo del todo que aquello muy normal no era hasta que tuvo casi 40 años, lo que da cuenta del lavado de cerebro instaurado por el Gobierno blanco y la Iglesia blanca en los años 60 y 70. El objetivo, no hay duda, no era asimilarlos, ni adaptarlos, ni incluirlos, sino todo lo contrario: era hacerlos sentir tan minúsculos, tan raros, tan inferiores, que ninguna de las víctimas quisiera asomarse a la verdad. Elly lo hizo y descubrió la separación de sus padres, la muerte de su madre, la drogadicción y el alcoholismo de muchos de sus hermanos. No puede ser hija de su padre porque ya no le sale, por mucho que se empeñe. El Papa acaba de pasar por Australia y ha pedido perdón por los abusos sexuales cometidos por los curas. Por lo de los aborígenes ya se excusaron hace años, como el Gobierno. El perdón, el perdón. Parece tan poca cosa tantas veces. ¿Quién les devuelve los años, las risas, los cuentos, las batallitas, las peleas, las caricias, las posibilidades de ser los que tenían que haber sido? ¿Cómo? A Elly, para vivir distinto, parecido o no a lo que pudo ser, le ha dado por ser actriz. Vamos, que a su modo también escribe.

Julio 25, 2008

Literatura

Archivado en: Citas — alex oviedo @ 10:22 am

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.

Jorge Luis Borges (1899-1986)

Julio 24, 2008

Jaulas de oro

Archivado en: Revista — alex oviedo @ 3:45 pm

por Verónica Portell

A mis hijos les cuento que a su edad yo no veía en el televisor dibujos animados ni series a color. También que por las tardes me entretenía sin móviles de última generación, consolas ni ordenador; que gracias al aceite tropical y la crema de zanahoria asumía con naturalidad la cara de tomate y noche en vela por la espalda dolorida del primer día de playa.

Con extrañeza me miran cuando les digo que en mis veranos el avión era un transporte exótico, casi de ciencia ficción; que en un coche cabía una familia entera fuera grande o pequeña y que, por supuesto, el cinturón de seguridad era un elemento decorativo diseñado únicamente para copiloto y conductor. También que a los cursillos de julio y agosto tan sólo acudían quienes debían recuperar asignaturas pendientes; que las meriendas consistían en bocadillos de chorizo y agua fresca de grifo; que uno iba al colegio solo desde muy temprana edad, podía subirse a barandillas, asomarse a precipicios y sentarse en muros con los pies colgando sin la mirada constante y vigilante de un adulto; que nada sabíamos de vendas cicatrizantes ni antitetánicas porque el cura, curita, sana, la tirita y mercromina eran remedio más que suficiente para aliviar.

Pasadas tres décadas serán mis hijos quienes reciban idénticas miradas compasivas a las que yo dedicaba a mi madre cuando me hablaba de Mariquita Pérez, sus tardes acompañada de una enorme radio y un libro cien veces prestado. Con añoranza explicarán ellos a mis nietos que su tiempo transcurría entre Internet, Nintendos y Play Station. Les hablarán de veranos con alto índice de protector solar en playas y campamentos. Lo harán mientras sus descendientes dudan entre viajar a Venus en cohete o combinar Plutón con Saturno y Marte en platillo panorámico.

Pero con toda probabilidad la historia se repetirá y el tiempo se vengará de nosotros cuando en alto pronunciemos la frase que en la infancia hacían suya nuestros padres. Aquélla que con nostalgia pintaba un pasado que supuestamente fue mejor.

Cada cual es partícipe de su generación y consecuencia, por tanto, de la misma. Lo cierto es que nuestros hijos viven en exceso protegidos. Habitan jaulas de oro con techos de cristal.

Sin embargo, es pura lógica, inercia del sistema y variable inversamente proporcional: a mayor seguridad, menor cuota de libertad colectiva e individual. Es el alto precio que debemos pagar las sociedades modernas y desarrolladas como tasa y peaje hacia el progreso. Esa que, al final, paradójicamente, nos vuelve tan semejantes a unas con otras, tan interdependientes, compactas y homogéneas. Algo así como jaulas de oro estandarizadas.

Julio 23, 2008

[El agujero negro de los mensajes perdidos]

Archivado en: Recuento del día — alex oviedo @ 5:26 pm

Llevo unos cuantos días que no sé qué hacer con el correo electrónico. Porque claro, uno que aún confía en las nuevas tecnologías, piensa que si envía un mensaje llegará a su destinatario sin problemas (de igual forma que imagina que una postal desde Colombia estará en Euskadi al cabo de al menos una semana o que una revista llegará al buzón sin que se quede por el camino). Es la confianza que el ciudadano medio pone en los servicios públicos. Pero a quién le protestamos si nos dicen que llevan toda la semana enviandonos mensajes electrónicos y no nos llegan.

Uno que es perro viejo se pone en contacto con el servicio técnico de la empresa para que le solucionen el problema. Pero los perros viejos deberían saber también que es fácil que los apaleen. Los técnicos me saltan con una historia sobre el servidor, el cortafuegos que han creado allá por Londres (donde debe residir ese servidor en una lujosa mansión en el centro, digo yo) y con una milonga argentina por la que al parecer ciertos mensajes no llegan a su destino para evitar que sean spams. Lo curioso no es esto, sino que spams sí me siguen entrando como si hubiera dejado abierta la puerta de casa.

Y es entonces cuando mi rostro se convierte en un gran interrogante. “¿Dónde han ido a parar esos mensajes?”, pregunto. “Puede que los recibas en unos días”, me contestan. “O quizá nunca”, añaden. Y me digo que tal vez hayan sido absorbidos por un enorme agujero negro. Porque esos mensajes están en algún sitio del ciberespacio, un cementerio de los mensajes perdidos, una laguna Estigia que sólo pueden cruzar los elegidos. O una puerta con una contraseña secreta que de pronto todos los mensajes de un servidor determinado han olvidado.

No sé, tal vez los mensajes también tengan color, raza o religión, y hoy se les permita la entrada y mañana no. O se hayan puesto unas babuchas lilas que no gustan al ojo electrónico que controla todo esto. Ese Gran Hermano que decide lo que debe o no ser leído. Pero lo que nadie me acierta a decir es cómo recuperarlos. Y eso es, en el fondo, lo que yo quiero saber.

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