Revista
'Café en Granada'
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Revista - Colaboraciones
Escrito por Administrator   
Miércoles, 01 de Febrero de 2012 22:19

Un relato que Javier Ortiz de Cosca que presentó sin éxito en el último concurso de microrrelatos La risa de Bilbao.

«Estábamos esperando la primera dosis de cafeína de la mañana. Para visitar La Alhambra en agosto es necesario madrugar. Busqué al camarero y le hice una seña.

Enjuto, oscuro y serio salió pausado y nos envolvió con su mirada.

—Qué va a tomá?

—¡Ya era hora, tenemos prisa! Uno con leche, un cortado, un descafeinado, una manchada, uno doble, uno con hielo…

Giró impasible y se alejó con señorío de torero.

Descargó de la bandeja ocho cafés con leche y habló con la sabiduría de mil años de historia.

—Aquí tié lo café y repártanselo como quiera.»

 

 
Bajo el humo de las farolas
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Revista - Colaboraciones
Escrito por Alex Oviedo   
Viernes, 13 de Enero de 2012 15:30
Relato ganador de Primer Premio en castellano del IV Concurso de Relato Breve Enric Valor-Vall de Guadalest. Su autora: Laura Hidalgo. Procede de una página que os recomiendo: El espíritu de la Alhóndiga.
"Aquella mujer iba a fumar junto a la misma farola todas las noches a las once en punto. Los vecinos se habían percatado de esta inusual costumbre y presenciaban, desde sus ventanas, este hecho fuera de lo común.
Para muchos este ritual encerraba un poderoso misterio. Algunos pensaban que pertenecía al servicio secreto. Otros creían que podría tratarse de una asceta moderna que fumaba alguna sustancia sagrada que le ayudaba a meditar. Los más racionales decían que no soportaba a sus hijos y bajaba todas las noches para librarse un rato. Los más románticos, que un marinero le dijo una vez que le esperase junto al faro y ella esperaba allí por equivocación.
A algunas personas les parecía bien, “que haga lo que quiera”. A otras personas les parecía mal, “no debería quedarse ahí, ¡con el frío que hace!”. Unos opinaban que era rara, mientras que otros sostenían que no molestaba. Una noche un vecino que pasaba por allí, le pidió un cigarro. En lugar de continuar hacia su casa, se quedó con ella charlando. Le resultó tan agradable aquel instante que volvió de vez en cuando a fumar junto a ella. Con el tiempo comenzaron a venir algunos amigos más, con sus respectivos cigarros.
En algunos barrios se empezaron a formar grupos de fumadores en torno a las farolas. Se convirtió en algo tan habitual que el ayuntamiento colocó ceniceros en ellas para que no quedaran montañas de colillas por el suelo. Incluso había personas que no concebían pararse por casualidad junto a una farola sin encender un cigarrillo. Pronto la práctica se había extendido por algunos lugares de Francia, en Reino Unido las farolas se llenaban de humo una hora antes y se empezaban a conocer los primeros casos en México D.F.
Cuando detenerse junto a las farolas se había convertido en una costumbre universal, una noche, de pronto, la mujer no acudió a su cita. Aturdidos por aquel extraño acontecimiento, los vecinos no pudieron contener más su curiosidad y llamaron a la puerta de la mujer. Por fin alguien se atrevió a preguntar:
-¿Por qué no has bajado junto a la farola esta noche?
Ella respondió con naturalidad:

-He dejado de fumar."

 
Inspiración y aliento
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Revista - Colaboraciones
Escrito por Jöel López Astorkiza   
Martes, 01 de Noviembre de 2011 17:56

Siempre se habla de lo que la lectura de un gran libro ha supuesto en la vida, literaria y personal, de un escritor. A las preguntas de seguidores y periodistas, alguna vez incluso coinciden, los narradores no dudan en contar el hito que significó el descubrimiento de esa novela clásica o ese poemario escondido en la inmensa biblioteca del abuelo.

Y, ¿qué ocurre con los libros mediocres que se encuentran por el camino? ¿seguro que no merecen ningún comentario? Hasta hace muy poco yo pensaba que no, que para qué vas a hablar de algo malo si puedes hablar de lo bueno.

Pero el otro día me encontré un librito (uso el diminutivo no solo por su poca calidad sino también por su escaso tamaño) que cambió esta percepción. El caso es que por fuera, las referencias y las amistades que lo rodeaban, invitaban a confiar en el librito y en su autor (aquí también podríamos usar el diminutivo). Tras una presentación a la que llegué tarde, decidí comprar el mencionado librito.

¿Lo mejor? En el viaje en tren a mi casa lo empecé y lo terminé. En menos de treinta minutos.

¿Lo peor? El resto. Malo de solemnidad. Mediocre, superficial, cobarde, presuntuoso, engreído, mal corregido. Una joya.

Salí del tren cabreado y decepcionado. Cabreado por haberme gastado dinero en semejante ejemplar y decepcionado porque ni siquiera llegó a la acera donde estaban mis expectativas hacia él.

Sin embargo, tras el berrinche inicial, sentí que el librito me despertó un sentimiento de que se puede y se debe escribir mejor. En definitiva, me alentó a escribir, y a escribir de la mejor manera posible. Y llegué a la conclusión de que un buen libro inspira y un mal libro alienta.

Así que cuando sea un escritor lo suficientemente conocido como para que algún periodista me haga alguna pregunta, puede que diga el título de ese librito alentador que guardo, y hasta escondo, en las tripas de mi magra biblioteca.

 

 
Pagar para que se vayan
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Revista - Colaboraciones
Escrito por Beatriz Celaya   
Jueves, 27 de Octubre de 2011 21:43

Jack Nicholson, al ser preguntado en un juicio por qué un hombre de su situación necesitaba pagar para conseguir favores sexuales, contestó: “No les pago para que vengan, pago para que se vayan”. Al parecer, sus declaraciones suscitaron mucho revuelo en la sala como si este razonamiento solo pudiera salir de la boca de un actor insufrible y pedante.

Pero no nos escandalicemos, los y las que no somos Jack, nos pasamos la vida pagando para que se vayan. Pagamos para que se vaya el mendigo, que no para de ponernos la mano debajo de nuestras narices; pagamos al niño incordio, que pide insistentemente para chucherías; pagamos trámites al ex novio para que se largue más rápido, firmamos despidos improcedentes para quitarnos de encima al trabajador y que no se queje. En definitiva: pagamos por nuestra libertad.

Ahora que el comunicado de ETA está tan candente y tiene tantas lecturas, decir que habrá que pagar para que se vayan, suena inmoral, y quizá lo sea dicho así a modo de consigna,  y sin embargo, si nos atrevemos a desnudar las palabras de la moralina incrustada, me pregunto si no llevamos ya pagando para que se vayan desde el primer momento en que aparecieron.

 

 
20/10/11
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Revista - Poesía Visual
Escrito por Javier Maura   
Viernes, 21 de Octubre de 2011 22:13

The end of eta

 
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